El gigante de acero continuaba, sin desviarse de su ruta, navegando por el mar Pacifico. Pero pese al tranquilo avance del buque, el horrible mareo en un barco, que a veces es contagioso y desastroso en sus efectos, hacia rápidos progresos en los dos niños más pequeños de la familia, que habían empezado a sentirse mal y, sin dar casi tiempo a llegar al retrete de la enfermería, habían comenzado a tener arcadas y pequeños vómitos expulsando parte de lo ingerido en la cena. En ese mismo instante el doctor irrumpe en la sala y, tras percatarse de lo que está ocurriendo, entre alharacas y nerviosismos por parte de las madres de los niños procede a auscultarlos por encima.
Después de examinar a los chiquillos y comprobar que no tienen nada, el doctor da el diagnostico: Todo se debe a la larga espera y a la excitación por el momento de expectación y exterioriza a los presentes que, quizás, sería mejor que se retiren a sus camarotes a descansar, ya que al permanecer tantas personas en la sala el aire que están respirando todos ellos está viciado, algo que para los más pequeños no es nada bueno.
En efecto, al doctor no le falta razón. Lo cierto es que la sala de espera de la enfermería de un buque suele ser un recinto algo más pequeño que un camarote y, de norma, no es un lugar propicio para permanecer mucho tiempo tantas personas juntas. Así, una vez que el doctor les afirma a las madres preocupadas que nada les ocurre a sus pequeños, en pocos minutos el lugar, de pronto, se vacía quedándose solo el padre de la niña a la espera de que el doctor le de alguna noticia de su estado.
-Supongo que es usted el padre ¿verdad? –Pronuncia estas palabras el doctor mientras tiende la mano al padre para estrecharla. – Verá, relájese, no pasa nada, la niña no tiene otra cosa que una alta fiebre que es la que le ha causado el desvanecimiento. Aunque no es lo normal, puede pasar, y sospecho, porque lo he comprobado al ver el brazo de su hija, por otra parte como debe ser, que usted ha cumplido con la vacunación obligatoria internacional con la finalidad preventiva que se exige para viajar a otros países.
-Si, así es, si quiere le puedo enseñar el certificado que me expidieron en el centro de vacunación hace tan solo unos días, donde constan las vacunas que les fueron aplicadas a mis hijos para poder viajar a España. Pero, dígame, ¿qué es lo que tiene?- El padre al pronunciar estas palabras acaba de documentar al doctor su sospecha, a la vez que pregunta algo intranquilo, al no entender por donde quiere ir el médico al hablarle de la vacunación obligatoria.
-Tranquilo, ahora le explico. Al examinar a su hija he comprobado que tiene en el brazo izquierdo dolor, tumefacción y enrojecimiento en el lugar de la punción. La zona donde le administraron el pinchazo, no sólo está algo hinchada con supuración, sino que los ganglios de su axila están inflamados, lo que parece provocado por una infección de la vacuna. La inflamación es un mecanismo natural y espontáneo de defensa del organismo ante cualquier agresión. Si bien la infección ha podido producirse por el pinchazo, también puede ser debido a la misma vacunación. Hay vacunas que, sobre todo si pillan a los niños con las defensas bajas, provocan reacciones infecciosas. Es algo que da mucho miedo a los padres pero que no es una cosa grave. En parte, aunque le parezca algo absurdo lo que voy a decir, es lo mejor que le ha podido pasar, ya que esto quiere decir que el cuerpo de la pequeña está reaccionando adecuadamente ante un invasor.
-Pero, no le entiendo… ¿la fiebre y los ganglios inflamados no es algo peligroso en una niña tan pequeña? –Pregunta el padre algo confuso por lo que está escuchando decir al doctor.
-A ver si se lo explico mejor. – Expone pacientemente el doctor tratando de hacerse entender. – Hay niños que la reacción a las vacunas no la tienen tan fuerte como la ha tenido su hija, con lo que no se sabe si han reaccionado, bien o no, los anticuerpos inyectados. Pero, cuando el cuerpo de un niño reacciona de esta manera, es que su organismo está funcionando perfectamente. Podría suminístrale una aspirina para intentar bajar la fiebre, pero el organismo se quedaría despojado de sus protecciones naturales y la finalidad de una vacuna es inducir la inmunidad por medio de la reacción del sistema inmunitario de la persona vacunada. No se preocupe, la fiebre es un daño colateral que ira bajando; se le pasara, aunque por unos días, la pequeña va a estar algo molesta por la tumefacción del brazo. Eso sí, esta noche la niña dormirá aquí, para vigilar su fiebre y limpiar la supuración, además de aplicarle un antiséptico y algo de frio en la zona para bajar el hinchazón. Mañana, si la fiebre le disminuye le daré el alta. Puede ir a su camarote a descansar tranquilamente, la enfermera y yo nos ocuparemos de su hija; le aseguro que va a estar muy bien atendida. Y para mañana, la pequeña, con seguridad ya verá que se encontrara mejor.
Las explicaciones del doctor han surtido efecto y una vez serenada por completo la preocupación y resueltas las dudas del padre, éste pide ver a su hija antes de retirarse a descansar. Desde el mismo momento que el hombre entra en el pequeño habitáculo de la enfermería se respira el dolor y la fiebre de su pequeña en el ambiente. Su hija se encuentra tumbada en lo que parece una camilla sujeta a la pared. Todo lo que les rodea avisa que se encuentran en una zona destinada para atender a posibles pacientes. En un lateral de la pared, se pueden ver botes de pócimas y de remedios encajados en una especie de estantería colocados con un etiquetaje en letras grandes y con extraños nombres. Cerca de su hija, se divisa una mesa camilla con ruedas en donde se pueden ver algodones, gasas para vendajes de distinta anchura y, lo que parece ser, unos botes de antiséptico y alcohol. Lo cierto, es que no hay duda de que es una estancia médica para atender a enfermos. Hay dispersas por la sala lo que se prevén que son unas cajas de distinto tamaño y que parecen contener medicinas; también, metidas en la típica vitrina de consulta médica, lucen algunas pequeñas cajas de medicamentos que parece estar custodiadas bajo llave por dos pequeñas portillas de cristal. Todo el espacio huele a alcohol de desinfectar. Al mirar el padre a la pequeña y verla con color en sus mejillas ultima por su aspecto que se encuentra algo mejor, aunque sea la fiebre la que encienda su cara y la pobre, nada más verle, quejosamente se lamenta de que no puede mover el brazo.
-Bueno eso en nada se pasa mi chiquitina, te vas a quedar a pasar la noche con el doctor, el te va a curar enseguida y veras que en un momento el dolor desaparece.- Y dirigiendo una mirada a la enfermera, como esperando una asistencia a sus palabras, acaricia tiernamente la cabeza de su pequeña dándole un beso en la frente. Sin alargar más su estancia en el lugar, el padre, se despide de la pequeña advirtiendo que a primera hora de la mañana se presentará para ver su evolución.
En el momento en el que el padre sale por la puerta, la niña se queda mirando al doctor y a la enfermera con cierto recelo, pensando que nada bueno se avecina para ella, ya que nada más salir su papá, el médico frotándose las manos se ha dirigido hacia ella diciendo:¡vamos, manos a la obra! Sin embargo, lo que menos se espera la pequeña es que el doctor después de lavarse las manos, al sentarse junto a ella, éste inicie una agradable charla con ella que la va a transportar a un remoto tiempo del pasado.
-A ver, veamos cómo está este pequeño bracito… Por un momento, me ha parecido ver que se parece mucho al delgado brazo de Condorito.- Chena al escuchar este nombre se sonríe soltando una pequeña risita. –Vaya, o sea, que no soy el único que conoce a Condorito.
-¡Pues claro que no! ¡Si a Condorito lo conocen todos los niños!- Responde la pequeña, casi como enfadada por que el doctor ponga en duda de que ella pueda no saber quién es el divertido Condorito.
-¡Ah! Bueno, entonces, ya veo que estoy hablando con una niña muy inteligente y por tanto deduzco que seguro que también sabes lo que es un condotiero.
Chena, al escuchar esta palabra se queda callada pues no tiene ni idea de lo que es un condotiero, pero la disgusta y la preocupa mucho que la gente piense que es tonta y para no parecerlo, a su manera, intenta desviar la conversación volviendo al inicio de la misma. Ella, conoce la ilustración de Condorito y sabe que es el dibujo de un hombre-cóndor protagonista de una viñeta del mismo nombre. Y para que el doctor se dé cuenta de que es una niña muy lista le explica con toda la verborrea que le es posible de articular, todo cuanto sabe de lo que ella viene a llamar el pajarito Condorito. Un personaje creado por un dibujante que representa al cóndor del escudo nacional de Chile y que Chena conoce muy bien porque lo ha visto en muchas ocasiones en banderines y en su propia escuela. En alguna ocasión, ha visto lucir el escudo junto a la bandera nacional en el patio escolar mientras las monjas les hacen cantar el himno, e incluso, en sus libros de estudios; en la última página viene el escudo impreso, solo que en blanco y negro. Además, ella recuerda como, una vez, su padre le explico que Condorito se creó personificando la imagen de los chilenos de clase humilde, alguien que siempre está muy contento, que es feliz al disfrutar con los amigos, que quiere trabajar lo menos posible porque es un poquito vago, pero que es un pajarito listo, con el corazón bueno y honesto.
El doctor inmerso en la labor de desinfectar la punción infectada en el brazo de la niña, va soltando de vez en cuando unas sonrisas por lo graciosas e ingeniosas que le resultan las explicaciones que está escuchando sobre el personaje en cuestión. Y cuando la pequeña empieza a dar muestras de quejarse de dolor, el doctor torna a reseñar a la niña sobre si tiene alguna idea de lo que es un condotiero.
-Ya veo que sabes muy bien quien es Condorito. Me has dicho que te llamas…-Y esperando una respuesta el doctor permanece callado.
-Me llamo Chena, pero mis papas me llaman Chenita, si quiere me puede llamar así, a mi me gusta.
-Muy bien pero te voy a llamar Chena porque me pareces ya toda una chica mayor y además, tengo la impresión de que eres muy inteligente. –Ante estas palabras el médico se da cuenta que la reacción de la pequeña es de plena satisfacción al escucharle y prosigue con sus preguntas. – Y dime, entonces, ¿no has oído nunca hablar de los condotieros?
-No, nunca. Pero si me dice lo que son, cuando alguien me pregunte sobre ello sabré que contestar.
-Una buena respuesta digna de una niña avispada que sabe que aprender es el mejor camino que debe recorrer una persona en esta vida.-Con esta frase el doctor se percata de como Chena le mira atentamente y no tiene ninguna duda de que su pequeña paciente va a permanecer, con total curiosidad, callada, escuchando el relato que él tiene pensado contarle para que la fiebre junto al dolor se empequeñezcan y termine la chiquilla por quedarse dormida. El doctor, mientras intenta manipular el brazo de la pequeña para colocar un apósito en la zona infectada, empieza a detallar con voz templada y muy dulce que él nació en Italia, el mismo país de donde es el buque y a donde va a finalizar su travesía por el mar después de atracar en España.
El hombre durante varios años estuvo viviendo en Padua, ciudad en donde llevo a cabo la carrera de medicina y fue precisamente en esa ciudad cuando supo por primera vez de la existencia de los condotieros. La historia cuenta que a finales de la Edad Media hasta mediados del siglo XVI existieron unos capitanes de tropas mercenarias al servicio de las ciudades-estado italianas, que alquilaban sus servicios. Es decir, un condotiero siempre actuaba al servicio de los Estados y ellos consideraban que la guerra era como un verdadero arte. Ninguno de estos mercenarios se movían por patriotismo, sino mas bien, todos ellos, eran personas que buscaban riqueza, fama y tierras para sí, y las causas por las que luchaban los Estados les eran totalmente indiferentes. Eso significaba que no tenían escrúpulos; podían cambiar de bando, incluso si encontraban un mejor postor durante el transcurso de la batalla. Eran una organización mandada por los capitanes de la compañía militar, pudiendo ser desde un centenar a millares según la importancia de la compañía. Estos hombres de armas cubrían todas las especialidades militares de su época y estas compañías firmaban lo que se llamaba la condotta que era como un contrato, verbal o escrito, que se extendía a todo el ejercito condotiero.
Aunque se sabe que los primeros mercenarios no eran de Italia sino que eran alemanes, ya en el siglo XV, casi todos los profesionales de las armas, eran italianos. Pero, el problema que tuvieron estos condotieros, es que con la llegada de los ejércitos modernos de las potencias europeas que invadieron Italia, y por culpa de sus armaduras medievales junto a sus anticuadas tácticas de lucha, no fueron capaces de hacer frente a estos ejércitos y terminaron por desaparecer. Ante el palabreo del doctor dando fechas, singularidades y nombres de algunos famosos condotieros la niña acaba por caer rendida al sopor y también por motivo del propio cansancio provocado por la alta fiebre que parece ir en descenso. Entonces el médico, tras dar unas pautas a seguir con la pequeña para estar en alerta con las subidas de fiebre, se retira a su despacho dejando a la enfermera para que realice el primer turno de guardia en la noche.
Una hora antes y después de salir el padre de hablar con el doctor, ya más tranquilo por las explicaciones recibidas, este volvía a reunirse con su recién reencontrado amigo “Guerniques”, que le esperaba pacientemente en el pasillo contiguo a la enfermería. Y ambos hombres, hablando apaciblemente sobre el estado de la pequeña, llegaron hasta la borda de estribor que se hallaba al abrigo del frio de la noche que hacía un rato se notaba en la cubierta tras haberse ocultado el sol radiante que durante la tarde había calentado la misma cubierta.
-Y dígame, buen amigo, ¿cómo le ha tratado la vida desde que nos vimos por última vez? –Pregunta el padre, mirando con algo de curiosidad a su amigo que, frente a él y por su aspecto, le parece un total desconocido, pues ya no guarda casi parecido con el joven que un día conoció en otro barco rumbo a tierras chilenas.
-Si le soy sincero, compadre, la vida no ha sido muy justa conmigo. Marché de España con firmeza y esperanzas, como un infeliz muchacho en busca de un futuro más prospero y hoy, vuelvo a España como un autentico triunfador; sin embargo, desearía en este mismo momento, estar muerto. Las palabras que pronuncia el hombre de siniestra figura dejan al padre helado y un tanto confuso. Callado, sin saber muy bien qué decir a su camarada, permanece a la espera de que éste rompa el silencio. Y es, en ese mismo instante, cuando el hombre de negro le hace una pregunta, haciendo mención a una fecha.
-¿Recuerda usted, amigo, lo que pasó el mediodía del 28 de marzo de 1965?