CAPITULO 18º

El silencio que reinaba hasta entonces en la sala de enfermería, vertiginosamente se había roto al escucharse el ensordecedor grito de Chena. Alertada por el chillido de la pequeña, la enfermera, que se encuentra sentada en una silla junto a la cama solazada en la lectura de una apasionante y romántica novela de amor, inmediatamente abandona su interesante lectura, dejando el libro a toda prisa sobre la contigua mesita de noche y procede a examinar a la pequeña. Su infantil paciente, a primera vista, parece tener una subida de fiebre, pero al ser examinada por la enfermera, ésta se da cuenta de que la chiquilla está profundamente dormida, por lo que deduce que el alarido que ha emitido no es otra cosa que el resultado, probablemente, de que esté teniendo un sueño nada agradable; tal vez una pesadilla, algo muy normal en algunas personas que, dormidas, tienen subidas bruscas de fiebre. Y tras advertir que el aumento de temperatura es tan sólo de unas décimas, que no reviste importancia, la enfermera coloca un paño húmedo con agua sobre la frente de la pequeña para seguidamente acariciar sus sonrojadas mejillas, concluyendo que la infección provocada por la vacunación solo sigue su curso normal.

Son numerosas y múltiples las funciones que una sanitaria de la medicina realiza como ayudante del médico a bordo de un trasatlántico. La enfermera que está atendiendo a la niña, una mujer con rostro muy dulce aunque no agraciada físicamente, parece alguien que se encuentra curtida en estos pormenores que se suelen dar en algunos de los viajeros cuando cambian de continentes. El cóctel de vacunas que los viajeros tienen obligatoriamente que cumplir para entrar en otros países suele provocar este tipo de reacciones, algo que pese a activar algunas molestias entra en lo que se considera lo normal y no es de extrañar tener algún que otro paciente de esta índole en casi todas las travesías.

El rostro de la enfermera sugiere que no es una mujer joven y, aunque se la ve veterana, tampoco se puede decir que es una persona mayor; pero lo que sí se calcula en ella, a primera vista, es que es una persona con habilidad y apta para su labor, además, superficialmente parece satisfecha de su trabajo y lo cierto es que ella, en su fuero interno, está convencida de que realiza una labor noble e importante. Ya hace algún tiempo que lleva trabajando en este trasatlántico y es de las que opina que trabajar en buque con pasajeros es bastante gratificante. Además de que le permite viajar y con ello poder ver mundo, incluso, considera que su trabajo para nada está mal pagado. Ella, una niña de menesterosa familia, vino a nacer en El Callao, hacia ya treinta y nueve años, y se había educado en un colegio perteneciente a una asociación secular cuya dirección era llevada por unas monjas católicas. Las religiosas superioras que dirigían la congregación, orientaban a sus alumnas sobre qué camino seguir en la vida, y a ella, por suerte, la becaron y la prepararon para ser una futura enfermera. Un día vio, por casualidad en un periódico, la oferta de empleo para la naviera italiana y no se lo pensó mucho. Había terminado los estudios de enfermería, era joven, quería viajar y salir al encuentro de que la vida la sorprendiera.

Una vez de reconocer a la niña, de comprobar que todo está bien y de apreciar que la nena parece volver a tener el sueño tranquilo, la enfermera se vuelve a sentar en la silla y coge su libro para continuar la lectura, pero en vez de ponerse a leer se queda mirando a la niña, pensativa, rememorando tiempos pasados de su niñez. Se recuerda y se ve a ella misma tal como era de niña y lo infantil que era su visión de la vida cuando era tan pequeña como la misma chiquilla que está cuidando. En verdad, ni de niña, ni de adolescente, nunca quiso ser enfermera, sino que desde siempre, de chica, soñaba con ser una arriesgada piloto de aviación y se veía en sus juegos mentales envuelta en mil aventuras arriesgadas, en las que finalmente debía abandonar su avión por un mal funcionamiento del aparato al ser abatido por el enemigo y obligada se lanzaba, como una heroína, en paracaídas, generalmente desde 3.500 pies de altura. ¡Eso es!, ella de niña, lo que verdaderamente deseaba y soñaba, era sentir la sensación de libertad y experimentar el temor, la subida de adrenalina; lanzándose al vacío y así poder emular el vuelo de los pájaros… ¡Ah, sí! Se pasó toda su infancia queriendo saber cómo sería la sensación de pilotar su propio avión surcando el cielo… de hecho, si hubiera nacido hombre se hubiera alistado en el ejército y habría sido piloto de guerra. Pero ni en su infancia, ni aún en pleno siglo XX, ella sabe y es consciente de lo difícil de su deseo ya que en un mundo machista el sexo limita…

Al mismo tiempo que la mujer va recordando sus infantiles aspiraciones, le viene a la mente el recuerdo de que, también siendo algo más mayor, se vio atrapada por la ética del pensamiento y quiso aprender filosofía y letras; unos estudios que nunca podría haber llegado a cursar, dado que su familia no poseía una economía como para pagar una carrera y menos, a la única chica de entre cuatro hermanos varones. Pero eso no le impidió tomar contacto por medio de los libros con los grandes pensadores de épocas pasadas e incluso presentes, y descubrir con su lectura un mundo nuevo, donde lo importante es la mente del ser humano y no la naturaleza de su sexo, ni de las riquezas materiales que se pueda llegar a poseer.

¡Sí! No, si al final, pocos consiguen hacer de adultos lo que soñaron querer hacer de niños. ¡Oh, sí! Todas las personas, tarde o temprano, vamos alguna vez en nuestra vida a consultar lo que nos dice un psiquiatra.- Piensa para sus adentros, mientras coge de nuevo el libro.-Esa será la profesión del futuro, entender para curar la mente humana. En el fondo, pese a que nuestro mundo avanza realmente hacia la modernidad, poca calidad humana florece, sino más bien perece. Lo que digo: En el futuro, ante un mundo cada vez más materialista, el psiquiatra es el que va a ir reemplazando al brujo de antaño; todos necesitaremos que alguien nos cure las decepciones de la vida, el dolor de espíritu y las penas del alma.

Y antes de volver a retomar de nuevo la lectura de su libro se escucha, en el silencio de la estancia, la voz de la enfermera con un acento de ilusión y lo hace muy bajito. – Cómo me gustaría encontrar, algún día, a un hombre que se fije en mí mente y no en mi aspecto físico y que también sepa más que yo, para crear entre los dos algo positivo y duradero… No me importa el tipo de hombre ni me interesa su exterior, ni la billetera que posea. Lo indispensable es que sea inteligente, no soporto a los necios, aunque la inteligencia siempre tiene dos caras, lo que la hace peligrosa, dado que la agudeza intelectual puede inclinarse hacia el Bien o, puede que por el contrario, lo haga hacia el Mal. En fin, mientras llega mi quimera, sigamos soñando. A ver, tú, pequeña, duerme tranquila para coger fuerzas, que yo mientras, volveré a zambullirme en las páginas de esta interesante novela.

Pero, pese a que la enfermera al mirar a la niña ha dado por hecho de que ésta dormía tranquila, lo cierto es que la pequeña cuando gritó, sí estaba teniendo una pesadilla, una alucinación de las suyas que aún continua y que la interna en mundos ocultos de inquietante naturaleza: Bajo un cielo nocturno sembrado de estrellas, Chena, en sus sueños, se ve como se encuentra escondida tras unos matorrales y sin saber muy bien como ha llegado hasta ese lugar. Está asustada, prestando atención a lo que están viendo sus ojos. Próxima a ella, en un campo plantado de trigo, unos hombres y mujeres ante una monumental cruz de madera están reunidos. Todos ellos llevan largos y pintorescos ropajes blancos con los que van barriendo el suelo y sobre sus cabezas lucen capuchones puntiagudos. Al momento, en torno al lugar, se instala un sepulcral silencio y un hombre del grupo prende fuego a la cruz negra que, al arder, se recorta en un cielo esplendoroso. Con la ardiente cruz iluminando el lugar, a los acordes de un himno, todos ellos comienzan a cantar y entonces los encapuchados inician una marcha circundando la cruz y lo hacen como si de una procesión andante se tratara. Y mientras caminan lentamente, se escucha gritar: “Vergüenza… vergüenza… vergüenza”.

Chena tiene la sensación de que está presenciando una ceremonia; gente que, aprovechando la nocturnidad, realiza rituales al aire libre y aunque sus ropajes le recuerdan mucho a los que un día vio en unas fotografías sobre la Semana Santa que se celebra en España, lo cierto es que, lo que con sus ojos contempla, es algo que da miedo y espanto. De pronto, al finalizar los cantos, en ese mismo momento, hacen aparición de entre las sombras de la noche, unos miembros de la macabra reunión pero que, a diferencia del resto, éstos van con todo su cuerpo envuelto en túnicas blancas, de tal modo que es imposible ver sus rostros. Alrededor de la cruz llameante, éstos comienzan a proclamar lo que parece una doctrina: “Cristo no fue judío, el Papa es el Anticristo, el negro es una alimaña que debe ser exterminada…”. Y en voz alta se escucha cómo el resto de los concurrentes a tan espantosa ceremonia, comienzan a orar: “Oh, Dios, danos gracias y valor para hacer desaparecer de la faz de la tierra a los seudos- hombres negros, antes de que sea demasiado tarde” Y con estas palabras algunos miembros, como si estuvieran poseídos, caen de rodillas, como extasiados, y se les oye decir un juramento que parece sacado de los salmos dominicales: “Dedicaré mi vida con todas las fuerzas de cuerpo y alma a combatir por la salvación de la civilización cristiana…”

Al rato de estar dando gritos que van en contra de judíos, comunistas y hombres de piel negra; algunos llaman a voces a su sumo sacerdote y lo nombran como el “Brujo Imperial”. Un hombre con el rostro descubierto y ropajes de color oro hace su entrada arrastrando a un hombre de piel negra que va atado a una cadena. El Brujo imperial, con un gesto, hace callar a todos los congregados y con elocuente voz, se dirige a sus expectantes fieles: Desde que en 1964 se proclamara la nueva ley de integración racial en las escuelas públicas de los Estados del Sur, en secreto volvimos a reunirnos, una vez más, en nuestros “altares sagrados”; fuimos los elegidos por Dios y hoy seguimos siendo los elegidos para hacer justicia. Somos imperecederos, que renacen de sus cenizas para dar muerte y exterminar de la faz de la tierra al hombre negro, ¡que empiece la fiesta! Tras decir estas palabras, tira fuertemente de la cadena dejando al hombre encadenado en el centro del círculo bajo la cruz ardiente y algunos miembros, sin tardanza, comienzan salvajemente a golpear a su infortunada víctima.

Chena, no acaba de entender qué clase de locura es la que está presenciando, pero al ver la violencia con la que se ensañan golpeando al pobre hombre, objeto de su ira y de un odio abismal que arrojan salvajemente los allí congregados, al no poder seguir mirando tan horrendo acto, se lleva las manos a los ojos para no seguir mirando. Ella quisiera huir, ir en busca de ayuda, pero el miedo la tiene aterrada y la incapacita para moverse de allí.

Mientras, a unos cuantos metros de la sala de enfermería, en la sala de fumadores…, ambos amigos siguen callados. Guerniques parece estar como absorto, metido en algún recuerdo de su pasado y el padre de Chena, algo confundido con la situación, permanece expectante sin saber muy bien qué hacer. Si bien al hombre, por momentos y a grueso modo, le viene un retazo del hecho que acaba de mencionar su amigo: imágenes tristes del terremoto, fotografías del momento después de la avalancha y el recuerdo de los titulares de la prensa ocupando la primera plana de los periódicos. La noticia de lo ocurrido con un pueblo minero de la costa sur, perteneciente a la región de Valparaíso, muy cerca de la comuna de Nogales, fue tirada nacional y reportaje único en las páginas de muchos periódicos por todo el país.

Las frases del encabezado de todos los periódicos, daban la información con letras enormes anunciando la tragedia: Un enorme cementerio es ahora el poblado minero de “El Cobre”. Las fotografías algunas de ellas ocupaban toda una página mostrando a los supervivientes, las mujeres y niños llorando y a los hombres mudos ante el horror. Publicaciones que redactaban penosas entrevistas a los afortunados sobrevivientes de la tragedia, que vivían en las partes altas de la localidad cordillerana. En otras instantáneas, a algunos habitantes del poblado se les veía buscando entre los escombros de sus viviendas, con la esperanza de encontrar a sus parientes, a sus amigos, a sus seres queridos, como también buscaban algunos enseres, trozos de sus vidas que, tras el seísmo, se habían quedado bajo una enorme tumba de barro y mineral.

Pero todo cuanto se podía apreciar en las fotografías era demasiado desolador; vigas destrozadas, tablas partidas de zinc que hacían de techo de las casas, hierros retorcidos y enseres que asomaban entre el barro, que inundó todo metiéndose en el interior de las casas que quedaron prácticamente destrozadas y con casi todos sus moradores sepultados en su interior. Gente de lo más humilde, que habían perecido sepultados accidentalmente por el desborde de un tranque natural.

El conjunto de los fallecidos eran trabajadores del mineral; gente con escasos bienes y cuyas casas, muchas de ellas eran chabolas, que ni siquiera les pertenecían dado que algunas formaban parte de la mina “El soldado”, de propiedad de la compañía explotadora de la mina, La Compañía disputada de Las Condes. El hombre, recuerda las dramáticas escenas plasmadas en papel, imposible no sentir congoja y tristeza y más, al saber que, allí, bajo esos escombros, 350 almas, entre ellas alrededor de un centenar de niños, perecieron sepultados por razón de una avalancha provocada por el terremoto. -La imagen de los dos amigos metidos cada uno en sus pensamientos se rompe al volver a retomar la conversación Guerniques-.

-¿Qué paso arriba?… ¿Qué paso arriba? Sabe amigo, preso de un ataque de nervios, esas fueron mis primeras palabras tras el terremoto. Solo tenía una cosa en mente, que mi mujer y mi hija se hallaban en el poblado y, por desgracia, mi desesperación fue a mayor cuando por unos altavoces desde la casa consistorial se comenzó a escuchar una voz agitada, pero firme: “Soy el alcalde de Nogales. Por favor, que todo el que pueda trate de que llegue ayuda para la mina El Cobre. Se ha reventado el tranque de relave y hay cientos de desaparecidos. No hay comunicación con la mina, no sabemos bien que ocurrió. Pero se necesita toda la ayuda posible” Fue oír ese llamado… Y ni me lo pensé; planté a los clientes que, en ese momento preocupados no hacían más que preguntarme si me sentía mal, y arrancando a correr me subí a una camioneta que iba recogiendo gente para remontar hasta la mina. –En ese instante, el hombre hace una parada en su narración para encender un pitillo, mientras su oyente pacientemente espera en silencio-.

-Tras recorrer unos kilómetros por carretera, el conductor de la camioneta se metió por un camino de tierra que se internaba entre los cerros. El mal estado del camino y la velocidad con la que nos llevaba el conductor, nos obligaba a los ocupantes a asirnos a las paredes de la camioneta para no caernos. Casi media hora para realizar un trayecto de 10 kilómetros y al llegar a la mina solo se veía un enorme arenal, una gran planicie de barro negro y espeso y sobre él, personas en hileras con palas y otros, escarbando hasta con sus propias manos. Era ahí, donde se suponía estaba el poblado; ahí debajo, fue allí donde se quedo mi alma. Me tiré de la camioneta en marcha y de inmediato me arremangué los pantalones y me metí por el peligroso lodazal gritando los nombres de mi mujer y de mi hija, dispuesto a arañar la tierra con las manos.

En ese momento, el hombre se ve que no puede más y se lleva las manos a la cabeza, rompiendo a llorar desesperadamente. Al ver así a su amigo, el padre de Chena enmudece, con expresión en su cara de dolor, ha visto como su compadre, por momentos, se ha ido quebrando en su relato hasta empezar a brotar de su voz un angustioso quejido que ha llegado acompañado de llanto; algo que en un principio le ha dejado paralizado pero, de seguido, no ha podido evitar sentir compasión por tanta desdicha y abrazándolo, prestando así su hombro, piensa que el silencio en palabras, es lo que toca.

Al cabo de un rato, Guerniques, deponiendo el llanto, recobra fuerzas y la compostura, sintiéndose en el deber de dar las gracias a su amigo por su sostén y apoyo al permanecer a su lado en un momento tan embarazoso para un hombre… porque siempre escuchó decir, que los hombres no lloran y menos en público. Y de inmediato, al componerse, ya más en calma, vuelve a su relato con voz pausada y segura.

-¡Dos millones de toneladas de espesos residuos de arena, ácidos y restos del mineral disueltos en agua, formaron el maldito lodo mortal! Al menos, fueron los cálculos que se hicieron. Pero el peligro, con el derrumbe no había pasado, aún acechaba en la profundidad del negro lodo agazapado como un enemigo en busca de sus víctimas. Así fue que, caminando por encima del lodo, atrapado por la desesperación y sin tomar ninguna precaución, no solo iba respirando el aire de un polvillo gris que manaba del suelo por culpa del movimiento de mis pasos, sino que no tuve cuidado y, con mala fortuna, di un mal pie. En mi desesperación, caminando por los escombros, pisé unas tablas creyendo que hacia firme y caí; sentí que mi pierna se introducía en algo parecido a un líquido y allí perdí, en ese mismo instante, el conocimiento. Lo que ocurrió fue que se habían hecho pequeñas pozas de ácido entre los escombros y yo tuve que dar con una de ellas, sin más. Lo siguiente fue despertar en un hospital con mi pierna amputada, drogado para aliviar el dolor y siendo atendido por una enfermera que fue la que me hizo saber lo ocurrido.

Y con esta explicación, Guerniques parece terminar la narración de los hechos ocurridos el día del temblor; algo que a su oyente, le deja más enmudecido todavía que antes, ya que no concibe el proceder de su amigo. No entiende su desvelo de hace unos minutos para dar con un final de su historia con total frialdad. ¿Dónde estaban su mujer y su hija? ¿Haría mal en preguntar por ellas?…

-Disculpe, querido compadre, no quiero importunarle pero… y su mujer y su hija…, qué fue de ellas… ¡Las encontró!…, ¿verdad?

-¡No! Y tampoco fueron identificadas en los cuerpos rescatados. Sabe amigo, en el rescate faltaron muchos cuerpos por encontrar y tal vez, nunca aparezcan ni se puedan ubicar los restos de la totalidad de las víctimas. Pero una mujer que logró salvar su vida de la fatal avalancha, tan solo por unos minutos, salió de la reunión que había organizado mi mujer para subir a su casa en lo alto del cerro y vio con sus propios ojos que en el rápido avance del lodo nadie escapo de la casa en la que se encontraban mis dos amores. A veces, quiero creer en la existencia de Dios, o de algo más allá de los límites del entendimiento humano, para pensar que se encuentran las dos en un lugar mejor. Pero lo único que sé de verdad, es que la vida siempre me ha estado azotando despiadadamente… Nada se puede hacer ante un aciago destino, pero estoy cansado de ser la víctima del inexorable dictado de un todo poderoso ignominioso e injusto.

-¡Amigo, deje en paz las creencias! Que de nada sirven. No sé qué decirle, ni sé si hay que establecer un responsable de cuanto ocurre en este mundo más allá de lo que me dice la lógica humana, que aquí solo existe lo que podemos ver y entender. Y, además, use el sentido común, que todo cuanto ocurre en este mundo, bueno y malo, no viene del antojo de un Dios, sino que tiene una explicación, bien científica, del juicio o de la locura humana y, lo peor, de la sinrazón. – El padre de Chena concluye que, tal vez, lo mejor que se puede hacer, es tratar de olvidar y seguir adelante con lo que nos destina la vida y propone a su amigo dar por acabada la confesión de tristezas-. Yo creo que deberíamos de tomar algo antes de acostarnos, ¿le parece bien?…

-¡Sí! Ahoguemos las penas, compadre, que siempre será mejor en compañía. –Levantándose de sus asientos, los dos hombres se dirigen al bar, al lugar que tiene reservado el transatlántico para el encuentro y disfrute de espectáculos, baile y juegos para todos sus adultos pasajeros.

En las dependencias del dispensario, la asistente, tras volver a mirar y reparar que su paciente dormita con sueño sereno, vuelve a introducirse en la lectura de su emocionante novela. Pero, aunque el aspecto de la niña es calmoso, su mente deambula por una pesadilla:
La secta de los encapuchados, iluminados en las sombras de la noche por las llamas de la ardiente gran cruz negra, envueltos en túnicas y capuchones blancos, parecen formas fantasmales danzando ante una hoguera. Pero son hombres y mujeres misteriosos, que en la pesadilla que está teniendo Chena, aclaman con vítores y gritos, en un rito espantoso, la sentencia de muerte a un hombre negro que, desesperadamente mientras lo apalean, reclama angustiosamente clemencia. Los terroríficos hechos desplegados ante la infantil mirada de la niña parecen sacados de antiguas leyendas, fanáticos, de alguna vieja organización, creyentes de una arcaica ideología, que poseídos por el diablo, como las malvadas brujas de sus cuentos llevan a cabo un espantoso aquelarre. La pequeña se revuelve entre las sabanas ante una subida de décimas de fiebre, sin embargo, encuadrada en el sueño que ella está teniendo, su mente le dice que la enorme cruz ardiente no solo ilumina el lugar, sino que está calentando el aire que respira y por eso ella, no sólo se sofoca, también nota que su cara está ardiendo, por lo que a momentos siente que se asfixia de calor.

Y al rato de estar viendo como golpean al desdichado tiranizado, con la misma cadena que lo aprisiona, ve como lo atan al pie de la cruz. El hombre parece un muñeco de trapo reventado, ya no se sostiene y, ni siquiera, aparenta saber el final que le espera. El orador al que emplazan al nombre de “Brujo Imperial”, con un libro bajo el brazo se acerca y lo coloca por debajo de los pies del desmallado hombre negro y entre aplausos estruendosos, en medio de la congregación de encapuchados encolerizados, a un gesto hace callar a todos y comienza lo que parece un discurso:

-¡Ya llegamos! ¡Ya estamos aquí! ¡Hemos resucitado! Hemos obrado conforme dicta la ley del Ku Klux Klan y el símbolo de la cruz seguirá ardiendo. Bajo la bestia negra, arrojo a la hoguera, para que ambos ardan, la obra de las potencias comunistas: las leyes de igualdad de derechos entre blancos y gentes de otras razas. ¡No nos dejaremos gobernar, nunca, por un negro!

Chena, sin estar al tanto muy bien de lo que sueña, no sabe que las tenebrosas figuras de su pesadilla son los encapuchados de una sociedad secreta; la vieja organización terrorista, Ku Klux Klan. Una secta, que desde hacía años, a cuenta de que fuera proclamada la Ley de Derechos Civiles que obliga a la integración racial en las escuelas y estamentos públicos de Norteamérica, había vuelto del pasado para soliviantar los ánimos a los racistas blancos. Hombres y mujeres que disfrazados con hábitos y capuchas, recorren las calles de su ciudad en busca de negros. Seres, que representan lo que encierra la mente turbia de un racista que vive la vida con pensamientos espirituales de poderío y grandeza por el simple poder de ostentar un color de piel que no es negra.

La mente esconde en pequeños estancos todo aquello que nos causa impresión; sean vivencias propias o ajenas y en algún rincón escondido del cerebro de Chena, quedaron grabadas para siempre imágenes, fotografías, de historias que alguien le contó. Y en su presente pesadilla, tal vez provocada por la fiebre, alguna de esas historias ha tomado forma de terribles visiones y así, en ese momento, lentamente, se va haciendo paso en sus sueños el nombre de una escuela, la Central High School, en Little Rock. Así, pese a sentir un calor intenso por todo su cuerpo, la pequeña no despierta y continua delirando por su aterrador sueño…

Al abrir sus ojos, fuertemente cerrados, para no ver el acto final de una ejecución, la escena que ahora contempla es muy distinta. Algo ha cambiado en el ambiente y de una noche iluminada de estrellas, ella se ve mirando hacia el este, esperando que con la salida del sol, un nuevo día despunte. Aunque ella sigue asustada y agazapada entre los arbustos pese a que los encapuchados ya no están, pues han desaparecido; parece que se han ido y lo único que queda en el lugar, además de olor a carne quemada, es un montón de cenizas. En ese mismo momento, advierte que un escalofrío recorre su cuerpo y helada comienza a tiritar. Nota que los dientes la castañetean pero ella, sin poder despertar, sigue mirando fijamente hacia el este, vigilando la llegada de un nuevo día.

Ante los primeros rayos de luz de la mañana, la pequeña se percata que, frente a ella, un enorme edificio se levanta y en la puerta, de lo que parece un colegio, unos hombres uniformados, con sus fusiles apoyados en la pared, fuman un cigarrillo. Y pasándose uno a otro el pitillo, se le oye a uno de ellos decir: -¡Qué despacio avanzan las agujas del reloj!- A lo que su compañero dando una calada al cigarro, asiente y responde: – ¡Sí! Pero ya señalan: las ocho menos cinco-. De pronto, se escucha un fuerte silbato y los dos hombres rápidamente cogen sus fusiles. En el entorno al edificio, de un lado a otro, se divisan calles, de cuyas esquinas vienen llegando personas, algunas con armas entre sus manos y otras, preguntando, van voceando: -¿Dónde está el negro? ¡Matémosle a palos!

Chena, entonces, se da cuenta que por una calle, a lo lejos, una niña de aspecto frágil, con un paso lento, camina hacia la escuela. La muchedumbre, al verla comienza a gritar e insultarla y a tirarla piedras y algunos se acercan para golpearla, llamándola sucia negra. Pero la niña sigue caminando y al llegar frente a la puerta que los dos hombres custodian, uno de los guardianes con el cañón de su fusil apunta al pecho de la cría. El gentío enloquecido, con palos y piedras, se dirigen a atacar a la pequeña y alguien – una mujer de piel blanca- saliendo de la masa de la gente, irrumpe poniéndose delante de la chiquilla como para protegerla, llamando a todos los presentes demonios, haciéndoles ver que solo es una indefensa niña y que, además, está herida por los golpes que como cobardes le han infringido. A las quejas de la mujer, unos individuos embravecidos y otras personas con rostros llenos de odio, comienzan a increparla para que se quite de en medio, llamándola defensora de negros pero, de pronto, justo en el instante de que todos fueran a ir también a por ella, se hace paso entre la gente un autobús con policías. En ese instante, las imágenes del sueño de Chena parecen difuminarse, desvaneciéndose rápidamente como en una nube. Y en la sala de enfermería, Chena ardiendo por la fiebre, con movimientos y aspavientos, en murmullos se la escucha decir: – ¡la niña negra está salvada, la niña negra está salvada, la niña, está salvada…!