Han transcurrido casi tres años de la fecha mencionada por Guerniqués, pero su amigo al escucharla no tiene que hacer memoria y no le resulta difícil recordar lo que paso ese día señalado. Entre otras cosas, Chile es un país de terremotos, un país que se ha hecho a base de “ñeque”, a fuerza de músculo, y en contra de todas las adversidades habidas a lo largo de su historia. Los movimientos sísmicos en esta tierra son vieja historia; tan es así, que los habitantes de estas tierras saben muy bien de los terremotos y de sus devastadores efectos.
El domingo28 de marzo de 1965, a las 12:33 horas, acaeció en Chile una catástrofe sísmica, una cruel y macabra jugada de la naturaleza. Nadie puede borrar de su mente los primeros instantes de un terremoto y los siguientes al cese del fortísimo temblor. El movimiento telúrico que sobrevino fue de magnitud Richter 7,6 grados (con Intensidades de Mercalli entre VI y XI), que no solo se sintió en Santiago sino que afectó a otras zonas de Chile. Un temblor que sembró el pánico en la población y que se dejó sentir entre las provincias del norte y las del sur del país; e incluso, se pudo percibir en algunas zonas del vecino estado de Buenos Aires. Ese día, al mediodía, la tierra temblaba en Chile mientras las iglesias se encontraban repletas de fieles cumpliendo con la práctica de acudir al servicio religioso dominical, en los lugares de entretenimiento como plazas y calles grupos de amigos y de familias paseaban al sol, así como otras personas hacían largas colas esperando apaciblemente para adquirir localidades en los cines céntricos. Gente que organizaba planes para la tarde, sin sospechar lo que iba a suceder. Entonces vino el terremoto y la tierra comenzó a temblar…A lo largo y a lo ancho del país, un movimiento sísmico hizo que ese reposado domingo la población de Chile se espantara y corriera atropelladamente por las calles en busca de campo raso donde no hubiera peligro de que algo pesado les cayera encima.
-¿Recuerda donde se encontraba ese día, compadre?- Guerniqués vuelve a repetir su pregunta, mientras mira fijamente a su amigo y en sus ojos se puede apreciar una tristeza tan grande y honda que agobia.
-Claro que me acuerdo, amigo mío, es un día imposible de olvidar para los santiagueños, lo recuerdo perfectamente. –Responde el padre sospechando que el sufrimiento que se refleja en la cara y se advierte en la figura de su amigo guarda una considerable relación con el mencionado día.- ¡Como para no acordarme! El terremoto me pilló en el zoológico. Ese día amaneció con un día estupendo, una mañana soleada que invitaba a pasear, me había tomado descanso del trabajo en la botillería y se me ocurrió dar un paseo con mis hijos; mi chico el más pequeño y mi niña la mayor. Mañana, si usted quiere, que espero que así sea, almuerce con nosotros y le presentaré a mi mujer y a mis hijos, así como al resto de la familia– El hombre hace un parón en su relato, esperando un gesto de afirmación, pero al ver a su amigo en silencio y expectante, concluye que está a la espera de escuchar su historia, así que prosigue…
-No creo que nunca vaya a olvidar aquel día, amigo. Verá, como le he dicho, ese domingo me encontraba tranquilamente paseando con mis hijos por el zoo, junto a la zona de los elefantes, cuando de repente los animales de forma extraña y sin motivo parecían alterarse mostrando malestar y la verdad es que con su nerviosidad estaban revelando lo que iba a suceder; la llegada de algo aciago. Al poco rato, por todo el recinto, se escuchaba a las fieras gritar. Aullaban, gruñían, los elefantes bramaban mientras violentamente golpeaban con sus cabezas y sus trompas las barras de hierro de sus jaulas; aparentemente algo les estaba volviendo locos y en apenas unos segundos se produjo un violento temblor; una sacudida parecida a la explosión de una bomba. Al instante, oí, atendí y conteste a algunos gritos de personas asustadas que se hallaban cerca de nosotros. Gritaban…”Dios mío, esto tiene que haber sido un terremoto, es un terremoto”…todos nos encontrábamos confundidos; los niños, la mayoría por la excitación del momento, irrumpían a llorar, impresionados y asustados por el fuerte movimiento y al ver a los animales tan fuera de sí, no me lo pensé, cogí a mis dos hijos por la cintura y como si llevara dos bultos bajo mis brazos, uno a cada lado, salí corriendo rápidamente. Recuerdo que, mientras marchaba a toda velocidad, oía como alguien decía que había que cerrar las verjas principales para que los animales no se escaparan del zoológico, pero yo solo pensaba en correr. Correr lo más lejos de allí, sin mirar hacia atrás y sin saber muy bien que rumbo tomar. Anduve un rato corriendo por inercia y con el corazón rebotando, acelerado dentro de mi pecho. Estaba tan verdaderamente asustado que se me hizo un nudo en la garganta y tuve miedo por la vida de mis hijos y por la mía propia.
-Créame que le comprendo compadre, pese a mis arrestos para enfrentarme a lo difícil de la vida, sé lo que es estar asustado y con miedo, porque a mí me pasó lo mismo. Es más, le confieso que con todos los años que llevo aquí, aún no he conseguido acostumbrarme ni hacerme a los seísmos; por alguna simultánea relación me traen recuerdos de un doloroso momento de mi infancia. Es bastante lógico actuar de esa manera. En esos primeros instantes creo que nadie piensa, solo se escapa del lugar bajo un pánico inconsciente, porque solo se siente miedo y el deseo natural de ponerse a salvo, sea como sea. Espero que no sufrieran usted y su familia mayor percance que el de salir corriendo del zoo.- Unas palabras que pronuncia el hombre de negro con sinceridad, esbozando una leve sonrisa y albergando un deseo de que así fuera lo ocurrido, tan solo por el afecto que guarda a su amigo.
-¡Oh, no! Por suerte, pese a lo devastador que resultó este terremoto en algunas zonas de Chile, a mi familia y amigos nada nos sucedió. Incluso, como anécdota, le cuento que descubrimos sorprendidos al regresar a nuestra casa que sólo una percha colgada en una pared fue lo único que cayó.- Esto lo cuenta el padre con cierta gracia, buscando la intención de romper la atmósfera triste que se ha creado al recordar la catástrofe que produjo el terremoto del 65, aún fresco en la memoria de todos los que lo vivieron por estar tan cercano en el tiempo.
El terremoto acaecido casi tres años antes, en apariencia y en un principio no parecía haber causado muchos daños pese a lo alarmante que resultó su actividad, sin embargo, el arreglo de los deterioros ocasionados en algunas zonas arrojaron para las arcas del estado, un gasto económico por un valor de ciento de millones de dólares. Por ello y por todo el país, se le empezó muy pronto a nombrar como “el terremoto hipócrita”. Lo cierto es que no fue un terremoto que se cobro muchas vidas; si bien en lo material ocurrió lo contrario, dado que fue un desastre natural de proporciones inmensas, con derrumbes en edificios y carreteras. En la llamada Carretera Panamericana, en uno de sus tramos hacia el Norte, en “Cuesta del Diablo”, el terremoto fue catastrófico. En ese lugar, parecía que desde el infierno hubieran lanzado un cargamento de piedras, rocas enormes y tierra, que cortó el camino y obligó a los automóviles que circulaban por ella a salirse del pavimento para continuar la marcha rumbo a los lugares en que la violencia del sismo, por desgracia, lo destruyó todo.
-Y usted, Guerniqués, con tanta cháchara por mi parte no hemos podido hablar de lo que ha sido de su vida; que nos vimos por ultima vez bajando del Américo Vespucio, ya en tierras americanas, ¿se acuerda? Fue una travesía estupenda y con la mejor de las compañías. –Afirma el padre de Chena, tratando de meter un poco de calidez y de alegría en la conversación mientras despliega una amplia sonrisa en su boca.
Ambos individuos han cambiado su aspecto físico con el paso de los años. El padre de Chena se ha percatado que su amigo no solo da la impresión de vivir sumido bajo un halo fúnebre, nada que ver con el joven bien parecido, emprendedor, lleno de esperanzas, que conoció hace ya 10 años. Además, en lo primero que se fijó en la sala de espera de la enfermería, sin antes reconocerle, fue en la pierna de palo que le asomaba por la pernera del pantalón. Igualmente, pese a que su aspecto es de estar muy delgado, evalúa que su amigo va muy bien vestido, con ropa refinada, por lo que intuye que mal no le han ido las cosas, por lo menos económicamente. Pero en oposición a lo personal, él diría que parece ser que la historia se pinta muy distinta. Al rato, y metidos en una coloquial charla, la conversación entre los dos hombres se transforma de forma drástica para cambiar de tema, ya que ambos amigos confortados por el recuerdo de aquellos días, repasan al momento la tarde soleada de agosto de 1958 en la que los dos se conocieron. Aquel lejano y recordado día, en el Américo Vespucio se llevaban a cabo unas maniobras de salida del Puerto de Santa Cruz de Tenerife (Canarias). Ambos hombres, paseando por la cubierta, tropezaron y al pedirse mutuas disculpas se dieron cuenta que eran de la misma tierra; de las Vascongadas. El acento con sus “pues”, las evocaciones del terruño, todo eso, los puso ante una amistad que prevalecería durante todo el tiempo que duró la travesía hasta tierras americanas.
Animosamente, entre nostalgias y recuerdos, caminando los dos hombres se dirigen a la salita de fumadores en donde toman asiento mientras recuerdan, con anécdotas y risas, su paseo por Caracas (Venezuela), metidos ya en el mes de septiembre su estancia de dos días de atraque en la Isla de Curazao; entonces los viajes trasatlánticos duraban casi un mes. Y así, entre recuerdos, van pasando el rato, un buen rato, evocando entre carcajadas y acordándose de otras personas que iban en el mismo barco y con quienes también entablaron una buena amistad durante la larga ruta rumbo a Chile.
-Pero amigo, aún no me ha dicho en donde ha estado metido estos 10 años. En Santiago, supongo que no ¡dígame que no! Sería imperdonable que no nos hubiéramos visto ni encontrado en todo este tiempo. –Al momento de decir estas palabras, el hombre de la triste figura, que hasta ese instante sonreía, torna de nuevo a su boca un gesto de abatimiento que deja helado a su compañero de tertulia. Y por un segundo, el silencio entre ambos se convierte un tanto incomodo de disimular, más si cabe, para el padre, debido a lo sorprendente del cambio que ha observado en su amigo, aún así, el hombre vuelve a repetir su pregunta.
-Dígame compadre ¿no habrá estado en Santiago todo este tiempo?- La pregunta surge suave y amable de la boca del padre como si tuviera temor de chocar con una reveladora respuesta, cuya historia se ve que arrastra a su compañero de conversación a un frio rictus.
-¡Pues sí! no le voy a mentir. He estado viviendo en Santiago, pero tan solo en los tres últimos años, después del terremoto.- En ese momento, la templanza en las palabras expresadas en respuesta a la pregunta, parecen rubricar la desolación y la soledad en la que se debate Guerniqués. Mientras, el padre de Chena, atento, se muestra sereno, pero apasionado por saber lo que vela la triste figura de su amigo. Callado y dispuesto a escuchar con un gesto envuelto en una blanda sonrisa, invita a que su amigo continúe hablando.
-Por lo que conocí de usted, compadre, sé que me va a permitir que me extienda un poco en lo que le voy a contar, pues han pasado años sin vernos y son muchas las cosas que me han ocurrido. Además, necesito contar lo sucedido para poder sentirlo y entenderlo incluso yo mismo. Verá, supongo que sabe, porque es usted muy inteligente, que el Servicio Nacional de Salud de Chile es la columna vertebral del país. Y en Chile, no hay posibilidad de desarrollo sin la participación activa de este servicio. Pero, como en cualquier lugar de este mundo, los defectos de muchos años no se pueden corregir en tan solo unos pocos. Y en un servicio postergado y con huelgas por los sueldos de los funcionarios, que son dramáticamente bajos, otras personas con iniciativa pueden alcanzar éxito y riqueza explotando el negocio de la salud. Yo, lamento decir, que soy uno de ellos; un especulador accidental y que gracias a la larga y discutida huelga de la salud que sobrevino unos meses después del terremoto, en tan solo tres años mi patrimonio se triplicó y ahora soy un hombre afortunado; digamos que, económicamente, no le voy a decir que soy rico pero que sí gozo de una buena posición.
Haciendo una pausa Guerniqués, del bolsillo de su americana saca una pitillera de cuero con adornos dorados y con sus iniciales marcadas a fuego en letras muy grandes, e invita a su amigo a tomar un cigarrillo, el cual con un gesto lo rechaza y, respetuosamente guardando silencio, espera la continuación del relato de su amigo mientras observa cómo va enciendo su pitillo con un chisquero de cuerda que al momento lo reconoce, provocándole una ligera sonrisa, pues hacia diez años que ese mechero no lo veía.
-Ahora, amigo mío, soy un hombre significativo, al menos en este amable país que nos acogió. – Guerniqués dice estas palabras exhalando hacia lo alto el humo de su cigarro.- Ahora soy alguien que tiene subordinados a su cargo en el Servicio de Obstetricia y Ginecología y que colabora con el Hospital Barros Lucos Trudeaux. ¡Así es! Aproveché una oportunidad y gracias a una labor y un trabajo iniciado por otras personas hace ya un tiempo, yo he sido beneficiado. –El hombre hace una pequeña pausa, un silencio que al parecer resulta ser necesaria para que pueda tomar aliento.
-Tras nuestro desembarco y muchos avatares, conocí a una maravillosa persona, una mujer que trataba de combatir las altas tasas de natalidad que se observaban en la población menos favorecida económicamente en un pueblo llamado La calera y, por consiguiente, para poder evitar las fatales consecuencias que provocan los abortos que no se realizan por medios eficaces, esta mujer necesitaba dinero y mucha ayuda para llevar a cabo su labor. En otras palabras, esta mujer levanto un modesto consultorio de anticonceptivos para educar a otras mujeres, ofreciendo a las parejas la oportunidad de frenar el aborto voluntario, que en algunos pueblos de Chile, bastante humildes, adquieren caracteres de “lacra social”. Así, aprendí a educar, a recomendar, y a facilitar el uso de métodos anticonceptivos que reúnan los requisitos necesarios para cada mujer y que les permita concebir solo embarazos deseados.
-¡Caramba! Me sorprende todo cuanto me está contando y me parece que su trabajo y el de esa mujer es una labor importante. – Su amigo oyente irrumpe en el relato para aportar su parecer- Y además, si le digo la verdad, estoy de acuerdo con su actividad. Los embarazos no deseados traen problemas y si se pueden evitar por procedimientos y medios eficaces son buenos para la mujer, para las parejas y para la sociedad. Mi mujer los usa y en España no sé si se venden; espero que con la dictadura actual no estén tan atrasados.
-Después del terremoto, – prosigue el hombre más animado tras escuchar a su amigo- ¡ya hace tres años!, me trasladé a Santiago, y en cooperación con el hospital que le he mencionado, levanté un centro asistencial maternal para dar toda la información necesaria sobre planificación familiar en la capital. Como bien dice, es una demanda de la sociedad moderna que clama por regular la natalidad, que quiere prevenir una situación que se resuelve en el mundo entero con abortos no deseados que, a veces, provocan la muerte de las mujeres y en otros casos acarrean problemas psíquicos y que con una simple toma de la píldora o con el diafragma vaginal se está realizando una profilaxis del aborto voluntario, evitando males mayores. Ahora, amigo mio, no sé yo, no le puedo afirmar, pero creo que los anticonceptivos en España no están permitidos todavía. Eso es lo bueno de Chile, que es una república despuntando en avances y tecnología y no un país gobernado por un déspota dictador. Y como le decía, al día de hoy, poseo a mi cargo una pequeña clínica con varias postas por todo Santiago, que trabaja de forma privada, pero dependiente del Servicio Nacional de Salud.
El padre de Chena, calladamente escucha con suma atención, feliz de que a su amigo le vayan bien las cosas, pero cuanto más sabe sobre su historia, no se aclara del porqué de su triste figura y aún no atina a entender la relación que guarda la mención al terremoto en el inicio de su conversación, salvo que ese fuese su punto de partida para beneficiarse, pero no hila con ese repetir constante sobre dicho día. Por tanto, prefiere permanecer callado, y con muecas de afirmación y señas dirigidas a su amigo, le invita a que prosiga con el relato mientras se entretiene metiendo una pequeña carga de tabaco en su pipa que aplasta con su dedo gordo para introducir un poco más de picadura.
-A ver, déjeme que le explique cómo he llegado a ello.- Dice Guerniqués animado al ver lo atento que está su amigo escuchando su historia. – Usted sabe que aliviar el dolor humano y reducir las preocupaciones de salud es un imperativo ineludible para cualquier avanzada sociedad que se precie. Y sabe, amigo, no nos engañemos, en todas partes hay claros y oscuros fines. En Chile, con todos sus avances también hay pobreza, por lo que se llevan efectuando un alto número de abortos que se realizan, a veces, sin las asepsias precisas por falta de dinero, lo que ha provocado la muerte de muchas mujeres por esta causa. Para resolver la angustia, el dolor y la impotencia de muchas mujeres que se quedan embarazadas sin querer o por la fuerza, se me ocurrió poner un dispensario para trabajar y poner toda la información posible sobre prevención y métodos anticonceptivos al alcance de las mujeres, bien solteras o mujeres casadas y cuyas familias no tienen posibles. No me esperaba que me fuera tan bien ni que por entonces los médicos del Servicio de Ginecología del Área Hospitalaria Sur de Santiago, conscientes de estos múltiples y graves problemas de los abortos provocados en una población con bajos niveles de vida, estuviesen tratando de organizar policlínicas de planificación familiar. Casualmente, me adelanté y en un principio, en mi consultorio empecé ocupando la mayor parte del tiempo en reuniones con especialistas, para promover el trabajo de prevención con charlas educativas a las mujeres, madres y niñas, y para tomar contacto con la realidad de estas, cogiendo ideas, experiencias, hablando personalmente con las mujeres que hubiesen abortado voluntariamente. En estas andaba, cuando se hizo la huelga del SNS. Fue definitivo para que me diera cuenta del déficit que existía en algunas zonas pobres de la capital con respecto a la atención e información que se daba a las mujeres para la concepción y en defensa de la vida o, por el contrario, para llevar a cabo un aborto haciendo uso de su libertad, sin peligro por unas malas prácticas. Sabe, mi mujer fue quien me inicio. Ella, una activa feminista, una persona a favor del derecho libre a decidir de las mujeres con respecto a la maternidad y a la propia forma de vivir la vida.
Al pronunciar esta última frase, el hombre interrumpe su locución, como si no pudiera vocalizar, como si las palabras se le ahogaran en la garganta. Todo su rostro parece convulso y en sus negros ojos brillan las lágrimas, que parecen prisioneras y no querer salir retenidas por un alarde de entereza, por decoro y por vergüenza de que un hombre no deba llorar. La atmósfera de la sala, algo cargada por el humo de los fumadores que en ella se encuentran, da un aspecto al lugar de nebuloso y por momentos, se nota que hay en la estancia un aire algo irrespirable. Al momento, el padre de Chena, dando varias caladas a su pipa, casi como para darse tiempo a reaccionar ante el incomodo silencio y el conmovedor semblante de su amigo, lanza una expectante mirada a su mudo orador sin saber muy bien que decirle por no saber qué es lo que le provoca tanta angustia. Un instante atrás, según iba escuchando el relato de su amigo, su sorpresa ha ido en aumento conforme se desarrollaba la narración y mucho más se ha sorprendido al escuchar que éste, al parecer, está casado.
Así que, dando un carraspeo para entonar y con voz que denota desconcierto, coloca su mano izquierda agarrando el hombro de su amigo, tratando de dar ánimos sin saber muy bien qué es lo que le abruma y, sin más dilación, decide interrogarle acerca del paradero de su mujer. Él, ha dado por hecho de que su amigo viaja solo, ya que desde que se encontraran en la enfermería hace ya unas horas, ninguna persona se les ha acercado en su búsqueda. Pero teme recibir una conmovedora respuesta y aunque no se imagina su importancia, en su intento por escucharle y hacerle saber su sentimiento de empatía tratando de comprender el por qué de su aspecto lóbrego, la mirada de su amigo no revela nada bueno. Del joven que un día él conoció a bordo de otro barco poco queda y el hombre que tiene ante sus ojos, pese a ser, como le ha hecho saber, un triunfador en los negocios, da la imagen de un hombre desdichado sin ningún deseo de vivir.
Preocupado y con pena por su amigo, el padre de Chena continua a la expectación de que su compañero se recupere, dado que desde que hiciera mención de que tenia mujer el silencio entre ambos se ha convertido en esos momentos de especial incomodidad de mantener. Pero justo cuando le iba a preguntar por su esposa, su amigo parece querer retomar la conversación y lo hace con los ojos clavados hacia un horizonte tan lejano que con ello se adivina la proyección de una contraria y angustiosa historia, con lo que abandona su intento y se ajusta al momento preparado para escuchar.
-Como le estaba contando compadre, después de nuestra llegada a Chile y de muchos avatares por la zona central del país, me fui a trabajar como labrador a la hacienda El Melón; un lugar, por si no lo sabe, que se encuentra muy cerca de las partes altas de la zona cordillerana. Allí, al cabo de unos meses, fue donde conocí a mi esposa, mi chinita bella. Nos enamoramos a primera vista y, como nada tenía que perder y sí mucho que ganar, a su lado comencé una nueva vida. Mientras ella se dedicaba a su trabajo de matrona por los pueblos aledaños, tratando a la vez de ayudar e informar sobre los inconvenientes de los abortos clandestinos que se realizan con medios pésimos y demasiados peligrosos para la vida de las mujeres de más humilde condición, yo ascendí de profesión encontrando trabajo como asistente del administrador de la mina El Soldado, que se encontraba a unos escasos 10 Km del pueblo La Calera; el lugar donde establecimos nuestro hogar al desposarnos. Residíamos con pocos lujos en una pequeña casa con jardín, pero era la vivienda más hermosa que he tenido en mi vida llena de felicidad y amor.
Su amigo, al escuchar el nombre de la mina, ha recordado el por qué se le había hecho familiar el nombre del pueblo cuando lo escuchó nombrar hacia un rato y, de inmediato, atando cabos, vislumbra el anuncio de una penosa historia. Porque, al pronto, le ha venido a la mente que en el terremoto de 1965, un pueblo entero quedó sepultado. Sin embargo, en vez de hacérselo saber, para dar tibieza y mostrar empatía a su compañero, decide seguir como un oyente callado que no quiere interrumpir hasta el final del relato y simplemente mira a su amigo esperando que continúe.
-¡Aquel maldito mediodía! Ese día, mi mujer había convencido a varias mujeres del poblado minero de “El Cobre” para llevar a cabo una reunión donde iba a conferenciar y dar información sobre los métodos anticonceptivos, para evitar los abortos que en estas poblaciones por falta de higiene acaban llevando a la muerte a muchas de ellas. Por desgracia, ese día yo tenía una cita, un encuentro en Nogales; pese a ser un domingo, los jefes de la mina me habían encargado recibir a unos directivos de una importante empresa, ya sabe, futuros clientes, y por tal motivo no pude acompañar a mi mujer ni hacerme cargo de mi hija que se tuvo que ir con ella para no dejarla sola en casa.
¿Hija? Una palabra que suena con interrogación en la cabeza del padre de Chena que escucha atentamente lo que su amigo le va contando. Lo cierto, es que cuanto más va conociendo sobre los pormenores de la vida de su amigo, más intuye que su historia no le va a revelar una salvación, sino una tragedia dolorosa.
-Créame, yo sí que no podré jamás olvidar ese día. Esa sensación de angustia y pavor que me invadió cuando, estando junto a los empresarios que tuve que recibir, al prolongado movimiento acompañado de un ruido sordo, minutos después, recobrándonos del susto, llegaban noticias de que algo terrible había ocurrido en el poblado “El Cobre”. Decían que con el seísmo, la tierra de lo alto de la mina se había desprendido y de arriba del cerro habían caído peñascos enormes sobre el campamento, haciendo que las setenta casas y todos los habitantes de esa pequeña población desaparecieran bajo el material de relave de la mina. Sí, al paso de los minutos de ocurrir el terremoto, todo cuanto estaba llegando a mis oídos me puso en un escenario, primero, de negación y luego, de locura.
En ese instante, Guerniqués parece entrar en una extraña y aislada situación que le saca del barco y lo sitúa en el pueblo de Nogales. Sus ojos están como perdidos y el mismo, todo su ser, parece estar como ido, lejos, muy lejos, de la realidad del momento. Su amigo lo mira y no puede dejar de pensar que el hombre que está contemplando, ni de asomo se parece, ni tiene nada que ver con el joven que un día conoció. Él también se siente algo confuso con el ambiente que se ha establecido, ya que no sabe cómo afrontar ni que decir, ante la imagen tan ida de su amigo.
A unos metros de allí , en la sala de enfermería se escucha a la pequeña gritar…, continuará.