En la tarde, toda la familia se haya paseando reunida por la cubierta principal. Han decidido hacer tiempo mientras llega la hora de la cena. La luz del sol de la última hora del día aún baña la cubierta calentando las paredes de los camarotes de estribor y una suave brisa inunda el paseo principal, que se encuentra muy concurrido por lo agradable que está siendo el atardecer. Para el grupo familiar, siendo su segundo día de a bordo en el transatlántico, todas sus conversaciones guardan relación con la admiración y sorpresa que les causa el gran navío, la variedad y distribución de sus instalaciones que les está resultando sorprendente. La cantidad de espacios, rincones y salones por los que pueden circular o recrearse realizando alguna que otra actividad en ellos les tiene boquiabiertos, sobre todo a los niños, ya que los adultos en su viaje emigrando de España a tierras chilenas, ya conocieron barco similar, aunque no tan moderno. Después de la mañana tan ajetreada que los niños han tenido dando una vuelta por los rincones del barco, llegó al mediodía su primer almuerzo en altamar y con tanta nerviosidad infantil, además de lo poco que pudieron dormir todos ellos en la pasada noche, resolvieron después de comer aliviarse hasta la tarde en el camarote para reponer fuerzas. Ahora, descansados y relajados, con ganas de seguir descubriendo el espacio en el que van a pasar algo más de una semana, disfrutan de su paseo conversando tranquilamente.
La mayor de las niñas con voz alborotada, tratando de que todos la escuchen, explica que el Capitán en la mañana les ha enseñado un salón de actos en el que celebran misas pero, según les ha dicho también en otros momentos, ese mismo recinto se convierte en un cine improvisado.
-Además. en el cine ponen películas para niños y nos lo ha dicho el Capitán en la mañana que muy pronto nos llevaran a ver una. ¡Ah!… ¡Si vierais lo alto que está el puente de mando!; se ve casi todo el barco y en su interior está lleno de un montón de mecanismos, palancas, botones y aparatos para dirigir el rumbo y es con lo que pilotan toda la embarcación.
-Pues me alegro que estéis disfrutando tanto de conocer este hermoso barco. –Dice el padre de Chena. -Nosotros también hemos tenido una mañana bastante entretenida; ya que mientras vosotros realizabais esa visita tan interesante por sus instalaciones, un camarero muy amable nos ha hecho un relato detallista y muy interesante sobre la historia de este buque. ¿Queréis que os lo cuente mientras hacemos espera para entrar al turno de cenas?- Preguntaba el padre a sus hijos y sobrinos mirándoles fijamente.- Igual el amable Capitán que os tiene tan embobados no os ha relatado un detalle peculiar que guarda relación con este transatlántico… (Pronuncia estas palabras el hombre poniendo voz con cierto aire de indiferencia) – ¿Sabíais que existe un hermano gemelo igual a este gigante de acero, una embarcación exactamente idéntica, en tamaño y color a este?… a que eso no os lo ha contado el Capitán.
-¡No! El capitán no nos ha contado nada sobre otro barco igual que este. -Responde el mayor de los chicos.- Pero a mí, tío, si me gustaría escuchar la historia, si es de esas que sueles narrar con tantos datos me encantaría oírla.- En la boca del niño se dibuja una enorme sonrisa de satisfacción, pensando que su tío no le va a defraudar y que una vez expresado su deseo, seguro que su tío, sin pausa, procederá a referirles una de esas historias que siempre guardan una moraleja o al menos enseñan. Porque cuando su tío les narra cuentos siempre intenta alecciónales o aconséjales con ellos.
En la mañana, mientras los niños estaban siendo ilustrados por la tripulación con una pequeña demostración en cubierta de contacto e inicio para aprender a colocarse correctamente el chaleco salvavidas, el resto del grupo familiar se entretenía escuchando una interesante historia. Un hombre de mediana edad y perteneciente a la tripulación del barco se entregó amablemente, por largo rato, a explicar a algunos pasajeros la peculiar historia que guarda relación con el transatlántico en el que viajan. A razón de cómo el marino la iba relatando, daba la impresión de que, probablemente, no era la primera vez que lo hacía. Cierto es, que el padre ya era conocedor de que el transatlántico en el que viajan tiene una hermana gemela y que ambos fueron el resultado de un plan para renovar la flota de pasajeros de la Compañía de Navegación de Italia dueña de las embarcaciones.
-Al parecer, la línea italiana de transatlánticos dueña de este barco -comienza a relatar el padre, ante la insistencia de todos los niños-, sufrió varios cambios después de la Segunda Guerra Mundial, esa gran guerra de la que os hable ayer por la noche. Bueno, pues al reanudarse el tráfico de la migración de personas que buscaban labrarse un porvenir en otras tierras, sobre todo los que viajaban de Italia a los Estados Unidos, la compañía naviera decidió, a mediados de los 50, comenzar con el diseño de dos buques hermanos. Era un proyecto ambicioso y, a la vez, algo gravoso, puesto que realizar dos embarcaciones a la vez resulta un desembolso importante de dinero para cualquier empresa, por muy bien que les vaya en los negocios. En esos años, el buque insignia de la flota en servicio era el “Andrea Doria”, más conocido como SS Andrea Doria. Tenéis que saber que, de todos los barcos italianos de su tiempo, el Andrea Doria era el más lujoso, el más grande, el más rápido y, en teoría, se le suponía también el más seguro de todos ellos. Pero desgraciadamente, un 25 de julio de 1956, el Andrea Doria navegaba por aguas del Atlántico y lo hacía, trágicamente, rumbo a su destino final.
Así, el hombre, con intención de contarles a los niños la misma historia descrita en la mañana, por el simpático tripulante, comienza a repetir casi las mismas palabras empleadas por el camarero, haciendo un relato minucioso de los hechos sobre el trágico acontecimiento ocurrido al conocido Andrea Doria.
-Era una noche de espesa niebla cuando el Andrea Doria navegaba rumbo a Nueva York. Era su viaje nº 101 y se dirigía a las costas americanas con su rapidez acostumbrada. Los errores de marcación y cinemática, cosas de navegación algo complicadas para todos nosotros pero intrascendentes para relatar la historia, fueron la causa que provocó que se cometieran algunos errores de trayectoria por parte de los marinos que pilotaban el buque. Así, de repente, sin dar margen de poder remediar un cambio de rumbo, y por culpa de la espesa niebla, no se pudo evitar lo que se les venía encima, porque apenas tenían visibilidad. De este modo, el Andrea Doria, fue a colisionar con la afilada proa de otro buque que navegaba casi en su misma trayectoria pero en dirección contraria, el Stockholm, de la Swedish-American Line, un buque similar, pero mucho más pequeño. Primero, el Stockholm colisionó con el Andrea Doria introduciendo su aguijada proa en el lado de estribor, -esto lo dice haciendo una representación con sus manos convertidas figuradamente en los dos barcos para que los niños tengan una mejor idea de los hechos- el choque inundó los camarotes de las cubiertas inferiores y provocó que murieran ahogadas familias enteras que viajaban en los camarotes de clase económica. Y sabéis…- mira a los niños abriendo bien los ojos- Una niña, que viajaba en esos mismos camarotes, salvó su vida de ser lanzada al mar, pues fue arrastrada sobre su cama por los restos de la proa del Stockholm. ¡Ya veis que suerte tuvo la niña y qué pérdida más grande en vidas ocasiono el accidente! El lujoso navío, el más grande, el más rápido y, en teoría, el más seguro de todos ellos, estaba sentenciado, sentenciado a muerte. -Haciendo una pausa, el padre mira a sus hijos y a sus sobrinos que, en silencio, esperan con gran expectación que el hombre continúe con el relato.
-Esta colisión provocó que su escora cayera hacia un lado, aumentando a 22 grados la inclinación -mientras dice estas palabras, el hombre coloca su cuerpo en posición inclinada para dar a los niños una imagen de cómo se encontraba el barco tras el choque- Y así, se hizo imposible que los botes del lado de babor y los de estribor se pudieran arriar. Al momento, el Stockholm dio marcha atrás, y la destrozada proa despedazó las entrañas del Andrea Doria; de este modo, se produjeron más muertes en las cubiertas inferiores. Aun así, la joya de la navegación italiana, pese a estar herida de muerte, se resistía a morir y quiso seguir navegando unas millas más hasta que, finalmente, se detuvo y el buque… ese barco conocido por ser el más rápido, el más grande y el más seguro de todos los transatlánticos, empezó a inundarse mientras se inclinaba a estribor, hasta que finalmente volcó y se hundió en el fondo del mar.- En ese mismo momento, todos se quedan en silencio pensando que la historia proseguirá tras una pausa.
Lo cierto es que, tal como está relatando el hombre, se sabe por los supervivientes y testigos del Stockholm que esos fueron los hechos; que como consecuencia de este desgraciado accidente, la Compañía Italiana tuvo que enfrentarse a las elevadas indemnizaciones de sus pasajeros y a los gastos generados por los juicios y los muchos complicados problemas judiciales que se sucedieron a lo largo de varios años. Esto provocó que, a partir de ese momento, la compañía naviera diera orden de que se tomaran medidas con especial cuidado para la seguridad a bordo en los siguientes proyectos y construcción de los barcos de la Línea de Italia. Por suerte, uno de esos transatlánticos construidos posteriormente con mejores medidas de seguridad es el barco en que se encuentran el grupo familiar viajando rumbo a España.
-Así que ya sabéis, no debéis temer, viajamos en un barco de lo más seguro; nuestro gigante de acero es un buen barco, construido con todas las medidas de seguridad que se exigen para no correr ningún peligro mientras navegamos en él y además, como os he dicho tiene un hermano de igual características. Igual nos cruzamos con él, el mar no es tan grande. Mañana, sin falta, montamos un puesto de vigilancia para estar alertas y poder divisar lo que nos vamos a ir encontrando en el océano, pues os aseguro que en el mar no solo se puede divisar otros buques como este y otros puertos a los que iremos arribando, sino que con toda seguridad, nos vamos a encontrar con delfines, tiburones y, con suerte, hasta igual divisamos una ballena.
-¡Y también igual vemos un barco pirata! ¡Y una isla! –Dice Chena alzando la voz con emoción. La niña comienza a sentir que el barco, en verdad, es un gigante en cuyas tripas se está desenvolviendo su nueva vida y, como si ya formara parte de ella, le siente, percibe que una gran aventura está por venir en su interior. En ese instante le viene a la cabeza que en algún momento del viaje ella va a encontrar un tesoro; lo ha de hallar, se lo adivinó la bruja. -Mientras la niña se halla sumida en esos pensamientos, al tiempo se escucha el aviso para entrar a cenar impidiendo con ello que se pueda dar más plática sobre la historia contada ni de que el padre pueda responder a las preguntas que los niños le lanzan mientras todos se dirigen con presteza al salón comedor.
Tres turnos de comida son los que se dan en el refectorio preparado para tal servicio y a la familia le corresponde acudir al último turno, que es el que viene indicado en sus tarjetas de embarque. Las instrucciones de comportamiento y cumplimiento con los horarios y con las normas de abordo son exigidas, no solo en la carta de presentación impresa en un pequeño manual que se haya en cada camarote, sino también en carteles distribuidos por todo el barco en forma de paneles informativos. La Compañía de Navegación Italiana, al parecer, después de las costosas pérdidas económicas ocasionadas por el Andrea Doria, desde ese fatídico siniestro, no está dispuesta a que las negligencias o accidentes que se produzcan en sus barcos estén relacionadas con la falta de reglamentación y vigilancia en los mismos, por lo que en todas las normas de seguridad se exige su cumplimiento a rajatabla a todos los que estén a bordo del barco.
Con un día tan estupendo como el vivido en la jornada, ninguno de los integrantes de la familia hubiera podido imaginar que se avecinaba un disgusto para algunos de ellos y mucha preocupación para todos; y todo iba a suceder, en tan solo un corto y momentáneo espacio de tiempo. La familia se hallaba cenando en el salón comedor, sentados alrededor de una gran mesa rectangular charlando alegremente mientras daban buena cuenta de las viandas servidas por un servicial camarero cuando, de improviso, una oscura silueta se acercó, lentamente, colocándose detrás de la pequeña. Ésta, ajena a lo que estaba sucediendo a su espalda parecía divertirse, soltando carcajadas y comentando algo con su primo mayor; de repente, notó que alguien se había situado a su espalda y, en ese mismo momento, sintió un escalofrió intenso que le recorría todo su cuerpo. Al pronto, percibió un fuerte calor en su cara que la hizo agitarse, dado que casi la provoca gritar por la intensidad del ardor que sintió en sus pómulos y, al llevarse sus manos para tocar su cara, fue entonces que vio como todos sus familiares fijaban sus ojos sobre ella para mirar por encima de su cabeza. En ese momento, cuando a punto estaba la pequeña de darse la vuelta para ver quién se encontraba a su dorso, ella siente como una mano se posa sobre su cabeza como si quisiera acariciar su pelo, pero es tal el desconcierto que tiene con todo lo que está sintiendo, que percibe que se está mareando. La pequeña, de forma instintiva, se lleva su mano derecha hacia su brazo izquierdo al sentir un fuerte pinchazo, mientras intenta emitir un sonido semejante a un alarido provocado por un enorme dolor pero es, justo al hacer ese movimiento, cuando de forma inexplicable la chiquilla pierde el conocimiento cayendo encima de su primo. Todos se levantan asustados de sus asientos sin tener idea de lo que está pasando, ni el por qué la pequeña se ha podido desmayar. El padre de Chena mira al hombre de siniestra figura, un tanto desconcertado, pero lo aparta con cierta brusquedad para poder coger en sus brazos a la niña, mientras un camarero acude en su auxilio dando aviso al médico que también se halla cenando en el salón. -¡Por Dios hija mía! ¡Mina me oyes!… Chenita ¡responde!…