Por un instante, los ojos de la mujer se quedan perdidos visionando un pasado que hurga en unos recuerdos que no añora, pero que siempre vuelven a su mente para sumergirla en profundos pensamientos. Reaparecen algunos momentos felices vividos en familia en la localidad de Basauri, donde fueron a residir tras marchar del pueblo a la Vascongadas. Mientras, le viene a la cabeza, a modo de pregunta, si la popular “casa negra”, en la que habitaron todo el tiempo hasta su partida de España, estará aun en pie porque, aunque ya era vieja cuando ellos fueron a ocupar uno de sus pisos, siempre se la vio bien cimentada y hecha de buenos materiales. Sin duda, si aun existe, le gustaría volver a verla. Ensimismada ante sus recuerdos sonríe porque en esa época, pese a pasar mucha hambre, vivió unos años de suma felicidad compartiendo con vecinos y amigos todo cuanto tenían, como si todos formaran parte de una gran familia, motivo por el que prácticamente no se usaban llaves en los cerrojos de las puertas y entraban a las casas tirando de una cuerda que corría el pestillo de las cerraduras. De improviso, su rostro se tensa volviéndose serio; un recuerdo brusco se ha filtrado entre tantos momentos gratos y entonces vuelve a oír con suma nitidez unas palabras que escuchó decir a su padre al término de una parca cena familiar, en la cocina del mismo inmueble en donde tantos agradables momentos vivió. Una evocación que la remueve sus nostalgias, porque la sumerge en una privativa sensación de sentimientos contrapuestos ya que siente en ese instante escuchar la voz de su padre pronunciando una y otra vez:
-¡Estoy cansado! ¡Sí! Estoy muy harto de ver y de consentir que porque vistamos lanas, algunos nos crean que nacimos para ser corderos ¡Si Dios se ha olvidado de nuestros problemas, es el momento de que nosotros actuemos y exijamos el derecho de ser escuchados!
Recuerda que al principio de oír estas palabras, sus hermanos y ella sentados frente a una mesa con platos vacíos, tan limpios que parecían no haber sido usados, se quedaron mirando al patriarca permaneciendo callados, sin entender muy bien qué querría decir con esas quejas. Luego, su padre, ante el silencio que se había impuesto entre todos ellos, mirándolos uno a uno, comenzó a hablar como quien proyecta iniciar un discurso:
-Nosotros, los seres humanos, tenemos inteligencia y somos educados con los cinco sentidos; aprendemos y experimentamos de la humanidad, de la justicia, de la proporción, de la responsabilidad, de los sentimientos; así se evidencia la cordura, que es la que forma la mente y el corazón, porque somos personas, no somos animales, y es por eso que debemos librar nuestras propias batallas en el terreno de lo que es justo, de lo que es razonable, para todos los seres de la tierra y lo debemos hacer con juicio, con conciencia e inteligencia. Es decir, tenemos que vivir, pero debemos de hacerlo dignamente… si donde vivimos no existen oportunidades para nosotros, ni libertad para nuestras ideas, para nuestros sentimientos, vayámonos a otro lugar. ¿De qué sirve patria ni tierra que no te da de comer? ¿De qué sirve el orgullo de pertenecer a una nación que no te escucha ni quiere tu opinión?… ¡Orgullo de ser español!… ¿Acaso es ese el orgullo que viste nuestros pies, nos da de comer y cobija nuestros cuerpos cuando duermen?… ¡No! Son nuestros brazos, nuestras capacidades y nuestro instinto de supervivencia lo que nos mantiene vivos aquí y en cualquier lugar del mundo. Más yo, no quiero ser oprimido por nadie, quiero algo más de la vida y debo de intentarlo. ¿Quién se viene conmigo?…
Todos mis hermanos incluida mi madre, – reflexiona la mujer – creo que nos quedamos perplejos escuchando al padre ese día y además, tengo retenido en mi memoria el completo silencio que se impuso en la estancia; un perfecto silencio porque ninguno de nosotros, en ese instante, teníamos ni idea de lo que estaba exponiendo nuestro padre con toda esa locuacidad. Entonces fue cuando él nos miro fijamente, muy despacio, recuerdo que había una mirada muy triste en sus ojos, incomoda de resistir al verla, pero en la que se asomaba un brillo específico de anhelo y luego volvió a hablar:
-Llevo toda mi vida poseyendo en mi interior una conciencia, que ha crecido conmigo, que sabe cuáles son mis asperezas para pulirlas, mis defectos para corregirlos, al igual que sabe de mis virtudes que solo yo debo salvaguardar y ampliar, a fin de conseguir sentirme orgulloso de mí mismo y alcanzar a obtener el respeto y admiración de todos vosotros y de mis semejantes. Con franqueza, desde hace algún tiempo, ni me enorgullezco ni me siento feliz de la vida que os estoy dando ni de la misma que yo llevo. Y como mi inteligencia considera, juzga y condena, he tenido una revelación que me dice que las cosas que acontecen en este país no son justas y que como… ¡quiero vivir!, o me dejo la vida en este país, o simplemente lo arriesgo todo en busca de la fortuna en otro lugar del mundo.
La mujer recuerda que ninguno de sus hermanos, ni ella aun siendo adulta, se hubieran, en aquel tiempo, atrevido a abrir la boca para decir absolutamente nada; la obediencia y respeto al padre se asumían con total acatamiento y cumplimiento. Motivo por el que el silencio se hizo casi insoportable, el mutismo de todos ellos fue tan grande, que aquel día en la cocina quedó firmado su consentimiento a emigrar a otro país, ligado a su cobardía para protestar y a su resignación a obedecer al progenitor, pese a que eran diez almas individuales atendiendo a lo que deseaba tan solo una… Y regresan a entretener su cabeza las palabras que su padre pronunció aquel día:
-Durante los últimos meses le he dado vueltas a la idea de emigrar a una tierra al Sur de América. Llevo escuchando desde hace un tiempo hablar a otros familiares de la posibilidad de labrarse un futuro en Santiago de Chile y de que allí existen oportunidades para toda persona que quiera trabajar; necesitan mano de obra para la construcción y he pensado que podemos intentarlo. Sois hijos míos y sé que sois fuertes, emprendedores y sobre todo luchadores.
Y así fue, sin cuestionar, sin opción a opinar, sin derecho a decidir de modo personal, como todos sus hermanos partieron tras los pasos de otros familiares, organizando juntos en familia, una nueva vía por la que andar y sobre todo para ir detrás de la voluntad de su padre. ¡Sí! ¡Fue así! –se la oye pronunciar con voz pensativa-. Ella se quedó la última de la familia en partir para Chile; permaneció liquidando, en el monte de piedad, los pocos bienes que les quedaban porque nada se llevaron para ese nuevo viaje más que lo que cabe en unas simples maletas. En ese tiempo, el hombre que hoy es su compañero en la vida, su marido, le pidió el matrimonio; la madurez y seguridad que vio en su persona la enamoraron. Para entonces, ella había sido reclamada por su padre y sin pensárselo demasiado, ambos tomaron la decisión de contraer nupcias y empezar su vida matrimonial en el país del cual ahora cogían de nuevo el hatillo de regreso a España.
-¡La vuelta al hogar! –se la escucha decir en voz alta y continua preguntándose- Pero, en realidad, ¿cuál es mi hogar?
Ella, de pronto, reconoce internamente sentirse cansada, considera que lleva toda su vida de un lado para otro el suficiente tiempo como para poder aseverar que, quizás, “su hogar” está donde ella se encuentre. Hoy ya no puede más que rememorar recuerdos de los lugares en los que ha vivido. Si bien es innegable que nada es comparable ni tiene que ver con lo que vivió en la guerra y en la posguerra en España, también es cierto que sabe que el bienestar que ha tenido en Chile es solo el fruto de haber trabajado duramente todos estos años, día tras día, como una esclava. No tiene muy claro que emigrando hubiera ganado nada, porque lo único que desapareció con ese cambio fue el hambre y hoy, no está muy segura de que fuera una gran ganancia. Aunque no lo va a negar, no hay color, este país que abandona es mucho más abierto, con otra mentalidad distinta a la que había en la España que dejó atrás hace más de diez años. De todas formas, ella no ha sido adepta de las ideas comunistas de su padre. ¡Nunca!. Además, poco le importa el orgullo y la dignidad personal de la que tanto suele hablar él, porque lo que ella ha aprendido con sus vivencias, es que lo único que mueve este mundo es el dinero. Con dinero, todo se compra y todo se arregla, hasta la decencia- piensa sonriendo irónicamente- pues, con dinero, cualquier asunto para mí queda resuelto, y si hubiera tenido que vivir levantando la mano para saludar a un dictador, ¡qué más da!, la hubiera levantado y a otra cosa.-La mujer, al tener estos pensamientos en ningún momento cree estar traicionando los ideales comunistas que tanto ha defendido y en los que sigue creyendo su padre, dado que ella tiene sus propios valores sociales y morales; además, piensa ella que, a estas alturas de su vida, poco o nada está obligada a respetar las ideas de su progenitor.
De todas formas, aunque en España exista una dictadura, volver a la tierra en que nací me hace ilusión, aunque no tengo muy claro la España que nos vamos a encontrar. –Profundamente abstraída, la mujer metida en sus recuerdos sigue hilando sus pensamientos- Porque, pese a todo, contrastando las políticas de un país con otro, Chile es una nación con muchos contrastes sociales, pero en algunos temas es un país avanzado. Sin embargo, en España y con el General Dictador, las mujeres no creo que hayan avanzado mucho, por lo que se ve, al menos, en las revistas; es más, parece que siguen bajo la tutela del hombre… ¿Cómo es que las propias mujeres dejaron retroceder tanto sus derechos en España después de la guerra civil?…No me lo explico. No es que me defina como una mujer con ideas de feminista pero a mí, ahora, y a mi edad ya no dejo que ningún hombre me mande, ni siquiera mi marido…
-Cierto es, que la vida para las mujeres nunca ha sido justa. No, en este mundo no es ni ha sido nada justa. –Se lamenta en voz alta, mientras sigue sumida en sus recuerdos.
Es increíble, aun recuerdo que cuando niña se contaba, en mi casa, en el pueblo, que en tiempos de la república, con los ideales republicanos, se había logrado que quedara reconocida la equiparación jurídica entre sexos, el derecho de voto de las mujeres, la igualdad de derechos de los cónyuges, el divorcio, el aborto, la coeducación o el derecho al trabajo en condiciones semejantes sin distinción de género y que, desgraciadamente, al acabar la guerra civil lo que se estableció en España, además del miedo a hablar, fue el diseño general propio del nacional catolicismo, que ejercitaba la dictadura impuesta por el General y que todas las ideas republicanas que hasta entonces trataban de igualar a ambos sexos fueran inmediatamente desautorizadas.
-¡Una lástima! Pues en un suspiro todas volvimos a ser hembras subyugadas a las órdenes del macho. –esto lo dice entre dientes con rabia, pero aun así apenas se escuchan estas palabras en la estancia.
Esbozando una sonrisa mordaz, rememora a su querida abuela paterna, a la que se sentía muy unida pero cuyas ideas eran demasiado republicanas y ella, como niña, no las tomaba como la única verdad en este mundo, más que nada porque la veía equivocada por ser una vieja. La abuela, solía lamentarse diciendo que las mujeres, todas las mujeres de los dos bandos enfrentados en la guerra civil, eran las que habían perdido la guerra. Visto con perspectiva, en realidad, razón no le faltaba y ella es muy consciente de que la represión sobre las mujeres españolas, sobre todo del bando perdedor, forzó a muchas de ellas a desplazarse de los pueblos a las ciudades en busca de medios de vida por la falta de sustento; además, salían huyendo de ambientes, por lo general, henchidos de la hostilidad de mentes machistas que obligaban a las mujeres a la dependencia y tutela del hombre casi como si fueran completamente inútiles de valerse por sí mismas. En los pueblos, más que en las ciudades, se las sometía a una férrea vigilancia en el cumplimiento estricto con las normas de la iglesia católica y que, aún al día de hoy, catequiza a las niñas como seres inferiores mandadas a ser sumisas y obedientes a lo que mande el hombre. Bueno, pero aún así, una vez en España llevaré a las niñas al catecismo para que puedan hacer la comunión que, al fin y al cabo, es obligatorio. Bueno, es lo que supongo, en fin, cuando estemos allí ya se verá. No es que yo sea una cumplidora con los deberes impuestos por la iglesia pero sí quiero que mis dos hijas sean unas niñas de orden, decorosas, y hasta su mayoría de edad tendrán que obedecerme. – Mientras piensa en esto, ella no es capaz de ver lo incoherente que es con algunas de sus ideas.
Ahora bien, yo creo que la abuela se equivocaba sobre ciertas valoraciones porque sin duda las raíces de la discriminación, de la cultura machista, y de las actitudes patriarcales que aún perduraban por entonces en la sociedad, sobre todo en las comunidades rurales y que aun subsisten, han sido originadas y toleradas, no solo por hombres sino también, por las mujeres. En tiempos de la república, los políticos, varones todos ellos, se comprometieron a intentar eliminar los modos y prácticas marginales con ideas educativas de equiparación e igualdad entre ambos sexos; pero al termino de la guerra civil, volvieron rápidamente a establecerse las ideas de exclusión, de marginación para con las mujeres, sobre todo, con más dureza, con aquellas mujeres que se habían comprometido más a fondo con los principios y valores republicanos. Lo que viene a demostrar que el machismo es un estigma difícil de erradicar de las mentes de los hombres e incluso de muchas mujeres. Sí, así solía decir su abuela –Mi niña nosotras somos mujeres y tan solo por ser mujeres… ¡Debemos de pagar caro todos nuestros atrevimientos y para acabar con nuestras pesadumbres, deberíamos ser todas de una sola liga: la feminista!-. También solía decir que para la dictadura del General, las mujeres republicanas “como ella” con sus actuaciones, habían contravenido el modelo de mujer sumisa y decente y por lo tanto debían de ser castigadas, recordándoles el lugar que ocupaban en la sociedad y así enseñarles cuál era su sitio: al lado del hombre. Por este motivo, sin entender muy bien lo que por entonces quería decir, escuchó en incontables ocasiones a su abuela clamar que con la dictadura del General muchas mujeres iban a volver a vivir sus propios “infiernos particulares”. La verdad es que lo habitual de por entonces era que en los hogares, las niñas, jóvenes solteras o adultas casadas, absorbieran una cultura en la que eran azotadas moralmente y a veces físicamente con las doctrinas del machismo; mujeres a las que se les practicaba sanciones y castigos de la mano de sus padres, maridos y hermanos tan solo por considerarlas seres inferiores. Practicas, que servían ante la sociedad como muestra ejemplarizante, humillaciones y vejaciones para que ellas y otras mujeres entendieran cuales eran los valores básicos a seguir, como la subordinación moral al varón, el cumplimiento ciego de leyes que las limitaban y la obediencia a los sacerdotes como representantes de la iglesia católica.
La experiencia del hambre y el miedo tras una guerra es traumática, bien lo sabe ella, pero en una sociedad machista y patriarcal la experiencia de ser mujer es igualmente difícil de llevar. Así fue como las mujeres intelectuales y liberales después de la guerra civil no estaban nada bien vistas; como las maestras republicanas, que al tener con su labor docente capacidad para influir en las ideas y opiniones de los futuros hombres y mujeres sufrieron de forma especial la represión de la dictadura. Es por eso que su abuela en la intimidad pregonaba que una mujer que posee dotes intelectuales, en un mundo de hombres y de mujeres machistas, será siempre vista como una mujer peligrosa, cuando no insana.
Al instante, perdida en todos esos recuerdos, ella cierra los ojos y exhala un suspiro mientras rememora un momento de su vida en el que sintió miedo… Sí, fue un episodio que quedo grabado para el recuerdo de toda su familia y que ella lo ha escuchado relatar muchas veces, tantas que no se pueden ni contar. –La mujer, al volver a recordar la historia siente un cierto temor, muy similar, al que tuvo el día que se la contó su madre por primera vez.- Aquel día mi madre me contó que durante la guerra civil llegaron un día al pueblo, los señores de la comisión (así fue como los nombró). Y, como por entonces, las murmuraciones se extendían rápidamente de unos pueblos a otros, todos los lugareños sabían a que venían esos hombres; en aquel momento el miedo, como si se tratara un ser maligno en busca de presas que cazar, circuló por las calles del pueblo haciendo que casi todos sus habitantes se resguardaran en sus casa no queriendo ni ver ni oír. Los señores de la comisión comenzaron embargando ganado y requisando el grano de trigo cosechado e, incluso, incautaron aperos de labranza para que las labores del campo no pudieran realizarse, agravando aun más las dificultades y penurias económicas de la gente del pueblo y todo lo hacían en base a unas listas. Listas en donde figuraban los nombres de personas que habían sido señaladas por otros de sus vecinos. Daba igual ser o parecer, y con solo la acusación de un individuo, sectario o envidioso, se podía pasar a ser delatado de tener ideas de comunista y formar parte de una de esas listas. Entonces, los comunistas eran encarcelados, cuando no fusilados haciendo desaparecer sus cuerpos, tal y como hicieron con algunos hombres del pueblo; una historia que atormenta a su padre y de la cual no suele casi nunca hablar pero que ella ha escuchado contar de la boca de otros familiares. Su madre le dijo que el nombre de padre figuraba en una de esas listas, pero que al encontrarse ausente decidieron detenerlas a ella y a la abuela. Las acusaron de ser mujeres de la república, con ideas afines al comunismo y a ambas las raparon el pelo para que después pasearan su vergüenza por todo el pueblo.
Al momento siente como la recorre un ligero escalofrió por todo el cuerpo, nunca le gusto oír esa historia y cuando algo no es de su agrado desea ignorarlo lo más pronto posible. En ese momento escucha a lo lejos, afuera en el pasillo, un griterío de voces y risas de niños que se van acercando. Esto saca atropelladamente a la mujer de sus íntimos recuerdos.
-¡Mama! ¡mama! mama, ¡hemos visto la sala de juegos!, ¡y un salón! ¡y también hay un cine!, bueno, en realidad es donde celebran misas, pero ahí también proyectan películas y hay una sala para fumadores donde papa dice que se va ir a fumar con su pipa.- Decía la hija mayor entrando por la puerta y gritando con voz agitada por cuanto había logrado ver en su primera excursión por el buque.
-Y nos hemos encontrado con el camarero tan simpático ¿A que no sabes que nos ha dado?- Preguntaba la hija pequeña a su madre mostrando una pequeña cesta de mimbre en la que se podía ver manzanas y naranjas, mientras la madre ponía cara de sorpresa.
-Hasta mañana no tendremos servicio de comedor.- Explica el padre a su mujer añadiendo. – Hasta mañana, que zarpamos, no tenemos el derecho a las comidas. Pero mira, nos hemos encontrado con el tripulante que nos atendió antes, que en realidad es camarero que atiende los comedores y a escondidas les ha dado a los niños unas manzanas, naranjas y una tableta de chocolate para que puedan cenar. Nos ha advertido también de que no salgamos a cubierta, se avecina una tormenta y nos ha dicho que es mejor permanecer en los camarotes o a resguardo porque aunque el barco está amarrado en el puerto el oleaje puede alcanzar la cubierta.
-¡Qué bien! pues ha sido muy amable y oportuno, nos ha venido de maravilla ese chico porque poco teníamos para cenar y ahora con la fruta, mas lo que queda en la caja, la chocolatina y lo que le sobro también a mi hermana en un momento podremos hacer una merienda-cena, para todos, digna de reyes.-La madre, con una amplia sonrisa pronunciaba estas palabras al mismo tiempo que hacia un gesto de complacencia mirando a su marido.