Aturdida y aún algo adormilada la pequeña Chena perdura envuelta en sus inquietudes infantiles, absorta su mente en sus pensamientos, insistiendo en el arduo trabajo de resolver las dudas que siempre ella tiene implantadas en su cabeza como una constante interrogación. Atribulada por lo que ha visto y escuchado en su sueño intenta buscar, como siempre, una explicación a todo lo que ha observado en su visión y, sin darse cuenta, pese a no tener ningún miedo, empieza a dar solemnidad a las palabras manifestadas por la anciana mujer de sus visiones, como si se tratara de un aviso indecible que va dirigido tan solo a su persona. Mientras cavila sobre esa cuestión, inconscientemente sus pensamientos se van perdiendo lentamente al hilo del estribillo de una canción que le viene a la cabeza, unida al recuerdo de la imagen del caballo descuartizado en aquel claro del bosque. Una de sus tías siempre suele cantar a modo de nana, una canción que suena triste pero que a ella la encanta… dom larailalah, dom larailalah lalai larai lalai!…
Ta’ muy malo el corralero,
que hay en el potrero,
como viejo está
hay que ayudarlo a que muera,
para que no sufra mas
siempre fuiste el más certero
y por eso debes su mal aliviar.
dom larailalah, dom larailalah lalai larai lalai!…
Junto al estero del bajo,
lo encontré tendido,
casi al expirar,
me acerque muy lentamente,
y se lo quise explicar,
pero al verlo resignado,
me tembló la mano,
y me puse a llorar.
Como pretende que yo,
que lo crié de potrillo,
clave en su pecho un cuchillo,
por que el patrón lo ordeno,
deje lo no mas pastar,
no rechace mi consejo
que yo lo voy a enterrar
cuando se muera de viejo…
dom larailalah, dom larailalah lalai larai lalai!…
Perdida en la letra de la canción, un susurro a modo de pregunta se abre paso para invadir completamente sus oídos -¿Estas despierta Cheni?-. Pregunta su primo mayor, musitando muy cerca de su oreja. Chena gira la cabeza hacia su lado derecho y ve a su primo mayor mirándola con sus ojos brillantes y picaros, ella le sonríe con su boca y con sus ojos enmarcados en sus peculiares ojeras. En ese instante, y sin dar una contestación a su primo, precipitadamente teoriza que, quizás, si contara a su familia sus sueños alguno de ellos la podrían dar una respuesta a sus confusiones, pero a la vez sopesa que igual es mejor esperar y no decir nada de lo que sueña; puede que lo mejor sea hacerse con algún confidente que la quiera escuchar, tal vez sea lo más acertado para que, a resultas de lo que le refiera en confesión al indicado, éste no acabe riéndose de ella ni gritando a los cuatro vientos las preocupaciones que le traslade. Si hay algo que sobrelleva muy mal es que se burlen de ella y que la falten al respeto llamándola “niña estúpida”, porque ella no lo es, no es tonta, simplemente es diferente, su comportamiento es distinto al de todos ellos y ese sentimiento que la acompaña desde muy chica, que todos ellos ignoran en muchas ocasiones, la hace sentirse rara, además de muy sola. A veces, cree que algunos gestos o palabras que la dicen están solo destinados a causarle daño, a herir sus sentimientos, por el tono que emplean al hacerlo y le inquieta pensar que no la quieren, que ninguno de ellos la quiere, por eso ella siempre procura ser muy obediente, porque a las niñas obedientes todo el mundo las quiere.
La mirada de la pequeña se centra en el pelo rubio de su primo mayor y es, en ese mismo instante, cuando la recorre una sensación de protección, de un agradable amparo, porque en ese momento ella acaba de descubrir la persona a la que le podría contar todas las dudas que la invaden y sabe, con toda certeza, que él no se va a reír de ella cuando le haga participe de las incertidumbres que siente ante lo que sueña. Desde siempre recuerda a su primo a su lado, incluso a veces, la vienen recuerdos a su mente en forma de imágenes de un pasado no muy lejano donde ella es tan solo un bebe en una cuna, y al momento distingue como se asoma la cabeza rubia de un niño mirándola con una enorme sonrisa… ella no tiene ninguna vacilación para confirmar que siempre ha sabido que ese niño rubio era él. Un día su tía, que además de ser su madrina es la mama de su primo, le relato una historia graciosa sobre él. Por algún motivo, que no recuerda si se lo han contado, durante un tiempo su madrina se hizo cargo de su cuidado, llevándosela a vivir con ella y le suena que su tía siempre la llamaba cariñosamente “mi niña”. Bueno, se la ocurre que todo esto pudo suceder en la época en la que su hermano se quemó una pierna con agua hirviendo. Aunque de ese período tiene un leve recuerdo, de lo que sí se acuerda muy bien es del accidente, de lo que lo provocó, de cómo se volcó de la cocina un enorme puchero de agua hirviendo que fue a caer sobre la pierna de su pequeño hermano que soltaba alaridos que se clavaban en su tímpano causándola un enorme daño a la vez que su hermana y ella gritaban entre llantos. sobrecogidas por lo que estaban viendo y escuchando…
De repente, el bullicio levantado por el parloteo incesante procedente de las voces de sus familiares que se centran en una animada conversación, saca a la pequeña de sus recuerdos. La madre, al ver que su hija despierta y ante la posibilidad de que los críos puedan tener un poco de hambre, propone a todos los niños que cojan algo de la comida que acarrea Chena dentro de la caja, no sin antes advertir a sus hijos que procuren no mancharse la ropa que llevan puesta, ya que no lleva muchas prendas para ellos en las maletas y por lo tanto, deben de tener cuidado con su vestimenta para que les dure limpia en el transcurso del viaje el mayor tiempo posible.
-¡SÍ! Yo quiero comer un poco de las tortas que ha metido la abuela. – Dice la pequeña, abriendo el cierre de la caja con cara de golosa.
– Pero ten cuidado de no mancharte. Ya sabes que tienen mucho aceite. – Le advierte su madre.
Después de que los niños terminan de calmar su apetito, a propuesta de la hermana mayor, todos los infantes se entretienen jugando a adivinar lo que ve cada uno, bien sea cosa, animal o persona. Los mayores, al poco rato, acaban por aburrirse; al fin y al cabo, por la diferencia de edad, los más pequeñajos del grupo son muy simples escogiendo la palabra que se ha de adivinar. Además, la hermana de Chena empieza a acusar el cansancio, todo por culpa de la pesada de su hermana –es lo que va pensando mientras la mira con cierto aire de irritación-. No ha podido conciliar el sueño esta noche porque “la niñita” tenía que montar una de las suyas –lo piensa, y para sus adentros, se dice que su hermana no es más que una egoísta, además de ser una autentica majadera-. Aunque ella sabe que su cansancio es debido a que no pudo dormir anoche por culpa de las pesadillas de su hermana, no va a cometer el error de incidir en su solicitud de que la castiguen, ¡encima la petarda, está frente a ella jugando y riéndose con los más chiquitines!, ella sí que ha podido echarse una cabezada ¡es una boba!- se dice en su interior echado una mirada a Chena con rabia- Pero no tiene ganas de repetirlo en voz alta porque no está dispuesta a que la regañen a ella, ya esta mañana lo paso mal al ver que a su hermana en vez de reprenderla por levantarse tarde, lo que la han dado ha sido mimos, ¡sí!, ya le quedó claro esta mañana que por ese motivo, sus padres, no van a regañar a su hermana.
-Mama, ¿Queda mucho para llegar al puerto? ¿Tan lejos está? –Pregunta la hermana mayor con voz de cansada zanjando así sus meditaciones.
– No, ya casi estamos. El recorrido del tren que nos lleva a la costa donde se encuentra el puerto es el más largo. ¡Tenéis que ser pacientes! De todas formas ya queda poco. – Responde el padre.
Justo en el corto espacio de tiempo de que el padre hubiera pronunciado estas palabras, el ferrocarril parece que entra en una estación; la cual no es tan grande como de la que partieron hace un tiempo, pero en apariencia se la ve mucho más importante que las ultimas en las que ha venido realizado paradas el ferrocarril.
-¡Mira!, ya hemos tocado al fin del trayecto, ¿ves?, como te he dicho, con paciencia todo llega.
Al descender del tren, mientras su padre y familia se preocupaban de sacar y bajar las maletas y demás bultos, la niña distingue entre otros viajeros, justo en el último vagón del mismo tren, a varios metros de distancia, un enorme cuerpo negro que la llama poderosamente la atención. Al fijarse mejor se da cuenta de que es un hombre que procede a salir de su coche en primera clase. Su enorme curiosidad la induce y la incita a escudriñarle con sus ojos mucho más a fondo. El señor va ataviado con una gruesa capa, todo vestido de negro, incluso a su atuendo le acompaña un sombrero de ala mediana y de igual color colocado en su cabeza, de tal manera que le tapa el rostro por completo… parece sacado de una película de terror. – Piensa Chena sin quitarle la vista de encima-. Aún más, viéndole moverse a ella le causa una gran extrañeza la forma en la que el hombre baja del tren. Dirige sus ojos para mirar sus pies y cuál es su sorpresa al ver que el señor solo calza un zapato y en el pie derecho le asoma, al final de la pernera del pantalón, un taco de madera. Con un gesto de sorpresa en su cara, Chena se tapa la boca con sus manos para omitir una expresión de asombro ante su gran descubrimiento. Es tal la fascinación y curiosidad que provoca el hombre en la niña, que ésta es incapaz de apartar sus sentidos de él.
Una vez que el individuo baja al andén y comienza a caminar se escuchan envueltos en un eco alejado los golpes secos producidos por la pata de palo del señor que, aunque marcha muy erguido, no puede evitar el vaivén de su cuerpo. Según se acerca a donde ella está, advierte que el hombre levanta la cabeza; es, entonces, cuando ve un aire de suspense en su rostro y nota como el individuo mira a su padre con asombro, es… como si de repente pareciera que le hubiera reconocido, incluso al seguir caminando y pasar a su lado el caballero oscuro no le quita la vista de encima, observando muy fijamente a su padre. A la vez, la chiquilla investigadora, no pierde de la mira de sus ojos al sujeto en cuestión. Cuándo pasó al lado de ella, pudo echar una ojeada con más claridad al semblante del extraño vestido de lúgubre. Observó que su cara era ajada, de piel atezada y que una cicatriz bastante visible le cruzaba el mentón. Bajo el sombrero que lucía en su cabeza, le asomaban unos mechones de cabello negro como el azabache y lo más impactante que ella pudo ver en el hombre, fueron sus ojos; eran los ojos más raros que había visto en toda su corta vida, unos ojos castaños, sombríos, inyectados en sangre.
-¡Niña! ¡Vamos! ¿Es que no me oyes? – Le gritaba su madre cargando dos bultos mientras, al lado, sus hermanos la esperaban haciendo con sus manos el gesto de que te van a dar unos azotes.
El padre y el resto de familia, que no veían que los que se habían quedado atrás estaban esperando a que la pequeña despertara de su ensimismamiento, caminaban llevando sus propias pertenencias, los hombres portaban las maletas y el resto de equipaje iba repartido entre la tía y primos que les seguían con presteza. Chena y su familia enseguida se incorporaron a la fila del clan familiar, desfilaban por la estación en busca de la salida como si participasen todos ellos en una procesión y la pequeña no pudo reparar por donde se iba su hombre enigmático. Al salir finalmente de la estación montaron todos en un mismo taxi, esta vez de color amarillo. Entraron en el interior del vehículo con cierto cansancio, apretándose las mujeres y sus hijos entre los asientos traseros, pese a que el automóvil era de esos coches antiguos de enorme espacio en los asientos tanto delanteros como traseros. Mientras que adelante se sentaban el conductor y los dos hombres, en la parte trasera, se podían escuchar las quejas que emitían con un cierto hastío los críos, que empezaban a dar muestras de agotamiento y aburrimiento ante tanto ir y venir de un lado para otro.
-Al puerto por favor. – palabras mágicas, pensaron todos cuando el padre las pronunció.
Eran cerca de las tres del mediodía y el cielo de Valparaíso se encontraba cargado de nubes con la apariencia de un aire amenazador.
-Hoy el día tiene visos de que no nos libraremos de que llueva. -Comienza a decir el conductor del vehículo, a la vez que toda la familia se prepara para escuchar la charla de otro taxista locuaz y parlanchín, prosigue el conductor con su conversación acostumbrado a hablar a sus pasajeros mientras estos callan para escucharle-. Incluso desde esta mañana ya se notaba frío. En la costa, cuando lucen estos nublados, es de presagiar un cambio de tiempo que se produce muy rápidamente. En ocasiones, suelen ir acompañados de viento que entra por el mar hacia la costa, penetrando y arrastrando al interior del puerto olas muy bravas que introducen el agua de la mar hasta muy dentro del paseo marítimo. Créanme, realmente, este nublado que parece inofensivo en pocas horas puede que se transforme en un vendaval que casi siempre trae una fuerte lluvia que suele ser de gran virulencia. El último que tuvimos en Valparaíso, hace ya unos años, fue una galerna que causó una muerte y algunos importantes destrozos. Ahora bien, no quiero preocuparles innecesariamente porque estando a resguardo en un lugar seguro no hay nada que temer. Por curiosidad, ¿Uds. Embarcan hoy?, porque, si es así, probablemente hasta mañana no creo que zarpe ningún barco. Toda la flota pesquera se queda amarrada y anclada en el puerto. Por lo general, cuando se presenta este tiempo es peligrosa la salida de los buques de gran tonelaje por la dársena a alta mar. ¿Lo sabían?, ¿Ya tienen Uds. donde quedarse a pasar la noche?, porque si no, yo les puedo recomendar una pensión o algún hotelito muy respetable, por supuesto de toda confianza.
-Le agradezco su ofrecimiento, pero no nos va hacer falta. – Le responde el padre de la niña-. En cuanto pasemos por el control de aduanas podremos subir a bordo del barco e instalarnos en el camarote que nos han asignado sin ningún problema, al menos, eso es lo que me aseguraron en la embajada cuando recogí los billetes. Además, el transatlántico no tiene prevista la partida para continuar con su travesía hasta mañana. En nuestros pasajes de embarque no solo figura el día, también está muy bien indicada la hora. Aún así, le doy las gracias por su gentil y afable oferta.
El padre dio con esta respuesta por terminada la conversación ya que al momento, según finalizaba la frase, tras pasar el taxi por una carretera en línea recta con árboles plantados a ambos lados, quedó a la vista que estaban entrando en el puerto. Muy cerca de donde había situado el chofer el automóvil para realizar las maniobras de estacionamiento, se alcanzaba distinguir en la distancia el ondear de unas banderas en los mástiles de las mesanas y en los palos de los trinquetes, que debían de pertenecer a varios barcos y que no se podían ver al completo. Lo poco que desde el aparcamiento se puede divisar asoma detrás de un edificio cuya construcción se aprecia solida, de calidad, la estructura parece haber sido edificada con forma simétrica y la fachada, que ellos están viendo en este mismo momento, es de línea simple y sobria; se puede advertir que el edificio se hizo sin tratamientos arquitectónicos excelsos, puesto que posee una ornamentación sencilla, resumida tan solo a enmarcar puertas y ventanas; aún así, a pesar de su sencillez, el aspecto del inmueble resulta bastante elegante. El lugar del puerto en el que se encuentran apostados es el desembarcadero, donde se reciben las mercancías y por donde han de pasar los viajeros, tanto los que vienen como los que se van, y lo que tienen enfrente, en cuyas puertas se puede leer en letras muy grandes “Aduanas”, no solo aloja las oficinas donde se efectúa el control sanitario y el papeleo burocrático, sino que también alberga la prefectura y la sala de espera, una estancia preparada para la recepción de los viajeros
Una vez abonado el servicio prestado por el taxista, mientras éste comienza a arrancar el coche, el padre les sugiere a todos que esperen con los bultos y las maletas en ese punto, al mismo tiempo que dirige sus pasos para meterse con rapidez en el edificio portuario. Se le oye decir, antes de que la puerta se cierre tras él, que va a informarse para tener claro hacia donde deben dirigirse para realizar el registro o para presentar sus tarjetas de embarque y así poder subir lo más pronto posible al barco. Al término de decir esto se escucha en lo alto del cielo un fuerte estruendo producido por un trueno avisador de que se acerca una tormenta tal y como les ha anunciado el taxista que sobrevendrá. Desde donde se hallan parados el grupo familiar esperando a que vuelva el padre, la madre de Chena puede alcanzar a ver otra estancia del edificio con una entrada que da a un lateral, al pie de otra calle, por donde se consigue divisar entre los cristales de las puertas de paso cómo en el interior hay un sinnúmero de personas. Sin embargo, la entrada por la que se ha metido su marido da la sensación de que es más bien para el movimiento de trabajadores hacia despachos u oficinas o, tal vez porque en realidad es lo que parece, la zona donde tratan los asuntos oficiales relacionados con el comercio y tráfico de mercancías de ultramar. Al poco rato por dicha puerta se ve salir al padre haciendo gestos con las manos para meter prisa.
-¡Venga, venga…, vamos! Debemos entrar por esa puerta. – Señala el padre con el dedo índice la entrada lateral ubicada en la otra calle.