Hoy, al ser temprano, el tráfico de esta gran urbe, que es la capital de Chile, aun no es muy denso, aunque en horas punta, debido al crecimiento geográfico y la densificación del parque automovilístico que ha tenido la ciudad en los últimos tiempos, la congestión del tráfico en sus carreteras comienza a ser, en las zonas del centro, un verdadero problema. El ir y venir de autos y buses para el transporte de los ciudadanos por las vías principales de la ciudad, da muestra de la gran vida que bulle por Santiago y que últimamente, desde primeras horas del día, ya se hace bastante notable. Al taxista, pese que no ha parado de hablar desde que emprendieron el trayecto, se le ve que aplica cuidado, que posee destreza, además de pericia, para conducir entre automóviles ligeros y automotores pesados que zigzaguean, a toda prisa, entre los vehículos. Incluso ya a estas horas, pese a que se puede circular sin complicaciones, se aprecia a ciertos conductores que pilotan sus coches furiosos, mientras van emitiendo bocinazos a diestro y siniestro, profiriendo algún que otro insulto con enfado y que, además algunos, lo hacen sacando la cabeza por la ventanilla para gritar a quienes les estorban o, como otros, que por el mismo motivo prefieren gesticular con sus manos señas dirigidas a modo de ofensa. Aun así, los ocupantes del vehículo no prestan atención a la complicada circulación en las carreteras y cada uno a su manera, lleva su mente ocupada en sus propios silencios. Chena sigue mirando con embelesamiento la caja que trasporta y sopesa, con algo de curiosidad, que debe de contener mucha comida en su interior, porque cuando se la ha entregado su abuela le ha parecido algo pesada pero ahora, al tenerla sobre sus piernas, la nota muy cargada. Justo en ese momento de cavilaciones el auto se detiene en un brusco frenazo y todos los ocupantes, que son movidos de sus asientos, de inmediato tratan de agarrarse a algo mientras comprueban, al mirar a su izquierda, que ya han llegado a su destino puesto que tienen ante sus ojos una gran estación de ferrocarril.
Sin tardar, todos proceden a salir del interior del coche; las niñas, algo nerviosas, tratan de abrir la puerta sin conseguirlo y, al final, ésta es abierta por el taxista desde el exterior. Una vez afuera todos del auto echan una mirada a la fachada principal de la estación; la vista que contemplan es espectacular, el tamaño de la estación de ferrocarriles es colosal. Los niños, ante tan enorme edificio, se han quedado con la boca abierta mirándolo con autentica admiración. Así, Chena, con sus ojos escala lentamente por la fachada y a la vez que su mirada se va elevando, ella va sintiéndose a poco como una enanita frente a un gigante. La verdad es que, a simple vista, la arquitectura del edificio es majestuosa, recuerda a los aires europeos por su construcción, diseñada de manera monumental y cuya fachada se centra en tres arcos de doble altura de estilo neoclásico. No en vano, se encuentran ante el lugar del que parte la más importante red ferroviaria nacional, la gran puerta de entrada a la capital y la primera terminal para la conexión entre la ciudad de Santiago y el principal puerto del país, ya que desde esta estación se cubre la línea que va de Santiago a Valparaíso, lugar al que ellos tienen que llegar para embarcar en el trasatlántico cuyo atraque se ubica en el Puerto de Valparaíso.
El taxista y el padre, sin perder tiempo, se dirigen a la parte trasera del vehículo y proceden con presteza a sacar el equipaje del maletero. En un instante, como por obra de magia, aparecen frente a ellos varios hombres. Algunos de ellos son muy jóvenes y todos van vestidos con ropas muy humildes, tan solo echándoles un vistazo, se percibe la pobreza en sus ojos y el hambre en sus cuerpos. Al dejar el equipaje en el suelo de forma apresurada, todos esos mozos tienen una pequeña lucha por intentar agarrar las maletas ofreciéndose para ayudar a trasportarlas y, de todos ellos, el más viejo en apariencia, consigue ser el más rápido enganchando las valijas al vuelo e inmediatamente, con suma educación, pregunta al padre a qué andén hay que dirigirse. En esto el padre le indica que tienen que ir al andén número dos y con muchas prisas abona la carrera del taxi para finalizar dando las gracias a su conductor con un abrazo; los dos hombres se golpean con las palmas de las manos sus espaldas y, tras una sonrisa del taxista a modo de despedida que dirige al resto del clan familiar, rápidamente toda la familia pasa a ir, ligeramente corriendo, tras el tipo que lleva las dos maletas como si no le pesaran nada.
Al entrar el grupo familiar con tantas prisas a la estación ninguno de ellos reparan en las columnas y cúpula que hay en el hall de acceso al recinto, excepto Chena, a la que no le pasan desapercibidas y vuelve la pequeña a abrir sus ojos con tremenda admiración al contemplar el gran espacio interno del edificio, cuyo techo llama su atención al estar recubierto por una llamativa estructura metálica. Así, la pequeña va caminando mirándolo todo siendo la ultima de la fila. Ella, por un momento, quisiera pararse para ver mejor el lugar, pero todos van corriendo tras el mozo y además, ya van llegando al andén número dos, en donde son recibidos por la otra familia que viaja junto a ellos y cuyos rostros reflejan desahogo al verlos, pues comenzaban a impacientarse por su tardanza. Así, con prisas y apenas tiempo para decirse nada, suben todos al vagón que figura en los billetes de transporte y una vez que encuentran sus asientos proceden a instalarse. Asimismo, el hombre que portaba las maletas, luego de subirlas al furgón y dejarlas donde le indica el padre, recibe de éste un apretón de manos donde le hace entrega de unos pesos y le despide dándole las gracias por su servicio con sumo respeto.
Al poco rato, todos los integrantes de las dos familias ocupan sus asientos; las dos mujeres, que también son hermanas, comienzan una animada conversación dándose explicaciones mutuas sobre el porqué de la tardanza para llegar a la estación y la preocupación que ellos tenían hace un momento de que no pudieran llegar a tiempo de coger el tren. En cambio, los dos hombres parece que entablan un diálogo sobre la hora exacta de salida del tren mientras que sus respectivos hijos se han puesto, desde el instante en el que se han sentado en sus asientos, a hablar sobre las cosas que están viendo desde las ventanas del tren. Entonces la niña, que se ha acomodado sentándose junto a su primo mayor, cuando todos están entretenidos en sus pláticas y a la espera de que arranque el tren, le espeta a su padre una pregunta con tremenda curiosidad.
-¿Papá, porqué le has entregado dinero a ese hombre a escondidas y además le has dado las gracias?
-¡Pero qué dices, Chenita! No, yo no le he dado ningún dinero a escondidas. Ese hombre es un maletero y te lleva el equipaje a cambio de una propina. Yo, para hacer que sea más digno su trabajo, le he dado las gracias y con un apretón de manos le he entregado algo de dinero para pagar su servicio. Verás, mi niña, un trabajo se convierte en digno cuando lo hacemos imprescindible y agradecemos que lo haga alguien.
-¡Pero tú eres fuerte, tú puedes llevar las maletas!
-Sí, claro que sí, yo puedo llevarlas… pero hija, verás. la vida es como una cadena en donde hay que dejar espacio para cada eslabón. Escucha Chenita, aunque unos eslabones de la cadena parezca que son más pequeños y secundarios que otros, con menor importancia, todos tienen su valor y es mejor que la cadena no se rompa. Tenlo siempre en cuenta, es por el bien de la humanidad, todos debemos estar unidos y respetarnos sea cual sea nuestra posición en la cadena o sea nuestra situación en la vida, bien por nuestro trabajo, nuestra cultura o nuestra riqueza. Tan importante es en este mundo el ser más pequeño como el más grande. Ese pobre hombre seguramente subsiste a base de las propinas que consigue por transportar las maletas de los viajeros que transitan por esta estación, el hace que sea un poco más liviano el trabajo de andar cargando con el equipaje, si él se ofrece a hacerlo y yo admito que lo haga ¿porqué no he de pagar su trabajo, además de agradecérselo?.
-¡Ah! ¿Y cuanto le has dado?
-Lo justo. Lo que yo pienso que vale su trabajo. Cuando decide alguien realizar este servicio debe saber además de consentir, callando, que si desempeña esta labor es por la voluntad de quien admite que le preste dicha ayuda, luego él habrá de aceptar lo que el ayudado quiera pagarle.
A la hija pequeña la suele disgustar mucho que la gente crea que es tonta y más que lo piense su propia familia, por ese motivo, aunque la explicación de su padre no la ha comprendido muy bien, ni tampoco ha vislumbrado lo que le ha querido decir al hacer mención sobre una cadena y sus eslabones, ella prefiere responder con un: ¡Ah, ya lo entiendo! Luego más tarde, a solas, ya le dará vueltas a lo que le ha dicho su papá y ella sabe que, con seguridad, pensando en lo que acaba de oír, más pronto que tarde hallará la contestación a sus dudas. Pero como que no quiere la cosa y para desviar la atención sobre ella, sin esperar más aclaraciones, de pronto, como cambiando de conversación se pone a hablar con su primo mayor. Entonces se escucha un potente silbato y el tren comienza a moverse. Parece que le cuesta salir pero, lentamente, inicia una marcha monótona y va haciendo un ruido como el de una maquina que va arrastrando un convoy muy pesado. Poco a poco, se escucha en conjunto, de forma acompasada, cómo los vagones empiezan a producir un sonido que indica un movimiento constante y continúo. El tren, por fin, va partiendo de la estación por una larga vía de ferrocarril e inicia su recorrido aumentando a la marcha su velocidad, dejando atrás según se aleja no solo la estación, sino también la ciudad.
La pequeña está ahora de pie, justo frente a la ventanilla, con la caja que rodea con sus brazos y apretándola contra su pecho. Hace un minuto acababa de levantarse del asiento para ver con curiosidad como se producía la partida del tren al salir de la estación, pero ahora la pequeña vuelve a mirar al a interior del vagón, se sienta callada como pensativa, posando la caja sobre sus piernas, cuidándola tal y como le ha dicho su abuela que hiciera, sin soltarla un instante; cara a ella tiene a su hermano pequeño el cual, tranquilamente, juega con su caballito haciendo que trota, que da saltitos en el aire. Durante un pequeño instante Chena, con una sonrisa, se le queda mirando fijamente y al poco rato de no perder de vista lo que hace su hermanito le viene a la cabeza, súbitamente, el recuerdo de un día que les llevo su papá a un bosque a pasear.
Algunas veces, su papá les lleva a pasear a un bosque cercano a su casa y en donde un día enterraron a un conejo muerto o quizás era un gato. Bueno, lo que recuerda es que un día metieron un pequeño animal en una caja de zapatos y tras una pequeña ceremonia lo introdujeron en un agujero que taparon con tierra y con unos palitos le hicieron una cruz. Pero otro día, en ese mismo bello paraje, en un claro del bosque, mientras paseaba tranquilamente con sus hermanos y su papá, ella se acuerda que les llamo la atención un tumultuoso gentío que se concentraba rodeando a algo que estaba tendido en la hierba. Dos carabineros que se encontraban en el lugar indicaban a la gente que depusieran de curiosear, que les dejaran paso libre y que se fueran del lugar. Al apartarse algunas personas, al paso de los dos policías, se podía ver lo que parecía un caballo tirado en el pasto. El animal daba la imagen de haber sido descuartizado y parte de su cuerpo estaba sobre un enorme charco de sangre que había teñido la hierba de un marrón-rojizo. Su padre les dijo a ellos que no miraran, que a lo mejor les daba asco. En torno a todo ello se podía escuchar un sinfín de murmullos que emitían las personas allí presentes; decían, con palabras entrecortadas acompañadas de insultos, que al pobre animal lo habían matado a golpes y que, de seguido, lo habían troceado cortándolo con un hacha y que era tangible que luego con un cuchillo afilado habían extraído las partes magras de entre los huesos; que con toda seguridad, lo habían hecho los cuatreros para vender la carne o bien para comérsela. ¡Pobre potrillo!, decía su padre al pasar con los niños entre toda esa muchedumbre. Además, recuerda claramente, que también había en el ambiente un olor a putrefacto, ella se alejó corriendo porque no aguantaba el apestoso hedor que desprendía aquel animal y que le estaba produciendo unas terribles arcadas…
Sigue la niña mirando a su hermano, y mientras continua recordando aquel día, ella se va adormilando, y siente como se le caen lentamente los párpados quedando así cerrados sus ojos. En ese mismo instante, se escucha por todo el vagón la voz del revisor solicitando los billetes de tren, aunque la pequeña ya no oye nada; acaba de acurrucar su cabeza sobre el hombro de su primo para quedarse completamente dormida.
Sueña ahora la pequeña. En su sueño aparece la misma imagen que vio aquel día paseando en el claro del bosque, el caballo tirado en el pasto ensangrentado y para no ver esa estampa, que más bien parece sacada de una escena de miedo, apreciando el apestoso olor que desprende el animal en estado de putrefacción, ella se da la vuelta alejándose unos pasos del lugar. Y es entonces, cuando al mirar a su alrededor, ve a lo lejos, en lo más intrincado del bosque entre la espesura, una cabaña que luce en un alto. La casa parece que estuviera hecha de troncos de madera; tan bella le resulta, que imagina pudiera ser la vivienda de una dulce pastora de un cuento. Movida por la curiosidad, decide internarse en el bosque para valorar dicha casita desde más cerca y también para averiguar quién puede vivir en esa hermosa morada. Ni que decir tiene, que no piensa en ningún momento que husmear le puede traer problemas. Así comienza la pequeña a subir por una pequeña senda algo empinada, pero cuanto más camina hacia arriba, más lejos le parece que se encuentra la cabaña. Más ella insiste en subir, queriendo aproximarse, como si se sintiera atraída por un imán. La maleza y las ramas de los arboles, que cada vez crecen más pegados se entrelazan y la dificultan el paso. Aun así, ella no desiste en querer llegar al alto de la colina. Pero una extraña sensación la empieza a atrapar…Cuando al principio ha comenzado el ascenso por la ladera brillaba la luz del día, de un hermoso día de primavera, pero según marcha por el recorrido adelantando sus pasos hacia arriba, el cielo ha empezado a oscurecerse y ahora se encuentra metida en una noche cerrada. Pese a estar un tanto impresionada e inquieta por el repentino oscurecer del día, a ella nada le va a hacer desfallecer para intentar llegar a la cabaña. De pronto, a lo lejos, entre la maleza, ve unos ojos brillantes que la acechan, siente como se le van acercando lentamente de frente y es entonces cuando ve que vienen más ojos, unos al lado de otros, en par de tres. Ella se percata de que están a su misma altura y que todos esos ojos relucen con destellos vidriosos. Al momento, se para en seco y distingue que tiene ante si, tres perros negros de aspecto muy fiero. Dos de ellos parecen hembras y el que aparenta, por su semblante, ser un macho, se coloca frente a su cara mientras la gruñe a modo de advertencia. La niña percibe que detrás de las hembras se encuentra una anciana vestida de negro. La dama de vieja cara, lleva algo entre las manos. La chiquilla está llena de duda y, a la vez, muy sorprendida, porque ha reconocido el rostro de la anciana. Es la misma mujer que apareció en su sueño de esta pasada noche. Entonces súbitamente la oye decir, mientras ve como con sus manos acaricia lo que parece un huevo blanco: ¡No, no dejare que me quiten mi riqueza, porque es mi propia persona! Hace una pausa para levantar la cabeza y mirando dulcemente a Chena dice:
-Mi niña… ¡No me tengas miedo! Porque has de saber que yo te protejo. Yo nací contigo. Broté en tu interior el primer día en el que tú fuiste engendrada y estaré aquí, a tu lado, hasta el día de tu expiración. Nunca me tengas miedo, de ningún modo. Púes yo soy la que te prevengo, la que te guía y la que te pauta tu cordura. Sin mí, tú, mi niña, estarías perdida.
Al terminar de decir la anciana estas palabras, la niña siente unos fuertes golpes en sus piernas. En ese mismo momento, se despierta bruscamente y ve a su hermanito dibujando saltos imaginarios con su caballito de plástico, que acaban aterrizando, de forma enérgica, sobre sus rodillas. La chiquilla está confundida, como adormecida, pero lo real es lo que ahora está percibiendo, piensa para sus adentros en lo que acaba de aparecerse como una visión y asume conveniente que lo que acaba de ver, ha sido uno más, de sus extraños sueños. Más se queda un instante pensando en lo que ha dicho la anciana de sus visiones y al rato repite en voz baja “¡Yo no tengo miedo! ¡No, no tengo ningún miedo!”… pero ¿y por qué he de tener miedo?… acaso ¿va a acontecer algún suceso que ha de darme miedo?…