El hogar de la niña también es un lugar de trabajo donde la faena diaria, para algunos miembros de su gran familia, comienza muy temprano. En concreto, en la planta baja de la casa, hay un establecimiento que es una botillería en la que su madre, sus abuelos y tías, despachan licores y vinos en garrafas, en litros o en cuartillos. La propiedad pertenece al patriarca, el abuelo; en la vivienda residen sus descendientes, parte de su numerosa prole de hijos, todos nacidos en España y que llegaron por tandas a tierras chilenas haciendo uso de la ley de agrupación familiar. La casa se comenzó a construir a instancias del abuelo, que la levanto con sus propias manos y con la ayuda de sus dos hijos varones. Años atrás, al finalizar la guerra civil española, partió el grupo familiar del pueblo de Torresandino desde tierras burgalesas a tierras vizcaínas. “El hambre aprieta después de una guerra”, decía siempre el abuelo, “y yo he tenido demasiados hijos, pocos varones y muchas hembras”; y así, pasando hambre, tratando de supervivir en una posguerra en tierras Vascongadas, surgió la ocasión… Santiago de Chile se abría al mundo como un nuevo horizonte para quien quisiera prosperar, lleno de oportunidades para los emprendedores y, frente a la hambruna, pocas dudas tuvieron todos para resolver la decisión que siempre se toma más por necesidad que por intrepidez. De este modo, algunos miembros de la familia, en los años 50, iniciaron un viaje como emigrantes a la nación chilena en busca de un mejor porvenir y para tener la libertad de expresión que en España las personas con ideas comunistas, por miedo a la condena de cárcel decretada por el general dictador convertido en jefe del estado español, ya no tenían. Posteriormente, terminaron de colaborar para levantar la casa los yernos llegados todos de Vizcaya, después de que las hijas casadas reclamaran a sus maridos. En realidad, el hogar de la niña se hizo con la participación de toda su familia, con muchos esfuerzos, trabajando duramente para costear, con el dinero ganado, los materiales de la propia edificación. Podría decirse, que cada piedra de la casa fue adquirida por la unión de las esperanzas, deseos y sueños, que anhelaban cada uno de los miembros que constituían la gran familia..
El edificio, proyectado en su cimentación con la forma de un corral de vecindad es algo peculiar en su estructura. Alberga las habitaciones en la segunda planta y están distribuidas en varias estancias que forman tres apartamentos individuales. Dos hijas que ya han formado familia ocupan dos apartamentos. En uno de ellos vive la niña con sus padres y sus dos hermanos y en el tercer apartamento, una vivienda un poco más grande que las otras dos, está la morada en la que habita el abuelo con su mujer y sus hijos solteros. En la parte superior de la casa también hay una pequeña despensa que, al introducirse en ella, se aprecia que enlaza con otra habitación que se utiliza como una cocinilla compartida por todos los habitantes del edificio. Al entrar en el lugar, a los laterales, se puede ver todo tipo de alimentos que están almacenados en baldas que parten desde el suelo hasta el techo. Desde ese punto se advierte, que ese mismo pequeño espacio continúa en otra estancia mucho más grande y espaciosa convertida en una cocina, aunque en un principio, el habitáculo no fue hecho para darle tal uso. Tiempo después, para poder cocinar en esa zona, se colocó un fogón con un horno. Se fragmentó la pared que está ubicada hacia la calle para instalar una salida de humos y, a la vez, se creó una ventana para tener una correcta entrada de luz. El resto de la habitación está ocupado por el mobiliario típico de una cocina, en donde se advierte un poco de desorden debido a que es un lugar muy utilizado por toda la parentela.
Todo el piso se recorre por un largo pasillo exterior que lo rodea, tiene vistas que dan a un jardín y termina en una escalera de piedra que desciende a la planta baja. La parte inferior de la casa se distribuye en distintas piezas que, vistas desde el centro del jardín, confiere al edificio el aspecto de que está compuesto y dividido en puertas. Una de ellas, está puesta para entrar desde el interior de la casa a la lonja, en donde se atiende al público y en la que pasan muchas horas trabajando parte de la familia. A cuenta de lo que se despacha a la venta en ese local, parte del jardín es ocupado por botellas de vino y de refrescos en cajas de madera, del mismo modo que se amontonan garrafas vacías unas encima de otras; chuicos de tamaño considerable que contienen vino e imposibles de mover, al menos, por una chiquilla. Por este motivo, a veces, el jardín parece un almacén. En la planta baja, además, hay un enorme salón que ocupa una de las esquinas de la casa y que, a la vez, es también un comedor, en donde se celebran las reuniones y fiestas familiares; pero el lugar que más le gusta a la niña es una parte del jardín en su ángulo de la derecha, lugar en el que se halla una alta y extensa mesa hecha de tablas de madera, en donde se hacen merendolas por los cumpleaños de todos los niños de la casa. Muy cerca de la mesa se halla una caseta, es el refugio en donde suele descansar el fiero pero muy juguetón pastor alemán.
Desde el jardín, abriendo la puerta que facilita el acceso al negocio, entra la niña jugando, correteando con el perro; hoy es fiesta y aún es temprano, por lo que el local se encuentra cerrado al público. Las persianas que sirven de protección y cierran la salida del establecimiento hacia la calle están bajadas hasta la mitad, lo que hace que la estancia se encuentre a media luz. La pequeña, quedándose quieta por un instante, se dedica a mirar a su alrededor con su habitual curiosidad; conoce el lugar a la perfección. Frente a ella, alzando la vista, puede ver el mostrador; una larga tabla curvada de madera sobre una repisa que divide en dos mitades el local. En el lateral izquierdo una abertura posibilita poder pasar al otro lado del establecimiento; para ello, una pequeña parte de la tabla que hace de mostrador se sube en vertical por medio de dos bisagras, ella utiliza en muchas ocasiones este paso para salir a jugar a la calle, pero nunca ha tenido necesidad de levantar la tabla, pues ella es tan chiquitina que pasa por debajo de de la misma sin tener que hacerlo. La parte inferior del mostrador dispone de unos cajones, además de unos huecos como estantes, que sirven para meter botellas apiladas y en donde se guardan los refrescos que tanto la gustan a ella, y también a sus primos. Esboza la niña una sonrisa pensando en ello mientras sigue escudriñando con sus ojos lo que tiene en frente. Descendiendo la mirada un poco más hacia abajo, ve unas portillas que sabe que guardan en su interior unas cámaras frigoríficas, y al momento recuerda que tienen terminantemente prohibido abrir esas portezuelas, ella y sus primos, porque si lo hacen, se escapa el frío que hay en ellas y se pueden estropear.
Más, en ese lugar hay un objeto escondido… La niña sabe donde se guarda, es una pistola. Está oculta en uno de esos huecos. ¡No es un juguete, es un instrumento para la defensa! Así se lo dijo su padre y así ella siempre lo recuerda; son las palabras que siempre que ve un revólver le vienen a la cabeza; quedaron fijas en su mente después de que recibiera un montón de azotes, por desobediente, porque cogió un arma y anduvo jugando con ella. Divisa la pistola cada vez que entra a ver como sus tías despachan las ventas a la clientela; incluso, en algunas ocasiones, ha visto a su madre cuando atiende el local cómo echa mano de ella para amedrentar a los “huachucheros” y a los ”rotos” con muy mal aspecto -¡Pucha! Igual piensan que, por ser mujeres, no sabemos y que no tenemos con que defendernos- La pequeña lo escuchó decir tiempo atrás a una de sus tías, con voz muy firme, mientras la susodicha encajaba un cargador con balas por la culata de la pistola y vio, como después, la escondía en el hueco del mostrador. Pero ella nunca la ha tocado, jamás ha tenido esa arma en sus manos. La que tuvo entre sus dedos fue otra muy distinta. Y al momento, en el silencio del local, se oye la voz de la niña pausadamente decir: ¡No es un juguete, es un instrumento para la defensa! Pero, al instante, ella parece abstraerse mirando fijamente al suelo, como asociando a sus pensamientos algún recuerdo; entonces, la criatura ve que hay un charco de sangre que se va esparciendo, lentamente, hasta tocar sus zapatos blancos y que la sangre, de algún modo, ha salpicado manchando en forma de pequeños puntos la piel de sus piernas …y a la vez, ella, concentrada en sus pensamientos, evoca una voz indicando: ¡Hija no te olvides!… ¡Nunca lo olvides!… ¡Ha sido solo un accidente!… pero el charco de sangre sigue haciéndose más grande y ella, fijándose mejor, ve de donde brota la sangre… proviene de un infantil cuerpo que yace en el suelo….¡no es un juguete!….¡no es un juguete!….repite sistemáticamente la niña apretando los dientes…¡ha sido solo un accidente!…¡ha sido solo un accidente!… ¡ha sido solo un accidente!. La pequeña inocente permanece inmóvil, mirando fijamente el suelo. Entonces llega el perro, juguetón, la empuja perdiendo así ella el equilibrio, cae, y en un segundo olvida todo recuerdo; entre gruñidos, ladridos y risas, ambos retozan en el suelo, uno y otra incansables, incapaces de parar con sus interminables juegos. Después de ese intenso, alocado momento, se levanta la niña y corre saliendo de la estancia, llamando a gritos por su nombre al animal: ¡Apurtu! ¡Apurtu! ¡A que no me coges! Y con alborotados gritos, la niña escapa para ser atrapada por el perro, en un santiamén vuelve la pequeña a caer, esta vez sobre el césped, reanudando el retoce con su fiel y peludo amigo.
El gran pastor alemán, que en realidad no es perro, sino perra, llegó un día a la casa como un cachorro casi muerto. Su cuerpo ensangrentado presentaba heridas y tremendos golpes, parecía que un ser desalmado se había ensañado con él y creyendo que le había dado muerte, lo abandonó en un descampado. Apenas latía su corazón cuando fue encontrado por un miembro de la familia que lo cogió y trajo, al agonizante animal, a la casa. Un bálsamo curativo de cuidados y atenciones consiguieron que, en poco tiempo, la perra se pusiera en pié, convirtiéndose, desde ese momento, en un juguete con vida para todos los niños. El animal se transforma ante todos los infantes de la casa, convirtiéndose en un perro dócil y juguetón que se deja hacer todo lo que estos quieran, quedando muy poco a la vista de todos ellos, la feroz imagen externa que la envuelve. La perra va buscando sus caricias y atenciones en cuanto los ve aparecer, pero si en algún momento presiente con su instinto que alguien quisiera hacerles daño, su semblante se altera, produciéndose, rápidamente, un cambio en ella y colocándose en posición de ataque, con amenazantes gruñidos, se torna toda su figura en la de una bestia cuya dentadura luce tremendos colmillos, capaces de diseccionar una mano con tan solo un mordisco. No está muy lejos el día en que a poco arranca el brazo a un individuo que entro en el local a robar con un cuchillo en mano; la perra se posicionó delante de la niña que, en ese mismo instante, pasando de jugar en la calle, volvía a casa entrando por la puerta del establecimiento y, sin pérdida de tiempo, tras lanzarse contra el brazo amenazador, lo mordió, con tal fuerza, que el ladrón sangraba como un cerdo en su día de matanza y a Apurtu hubo que apartarla porque de no hacerlo lo hubiera matado a dentelladas.
Pronto, muy pronto, todos los miembros de la familia se separarán, incluida la perra que un día dejara de verles a todos ellos para pasar a pertenecer y obedecer a otras personas, pero en este momento, ni la niña por su inocencia lo sabe, ni Apurtu puede tener conciencia de ello por su condición de animal. Ahora, ambos tirados en el césped, descansan y Chena habla a la perra, como si de una de sus muñecas se tratara: Sabes Apurtu, las tías me han enseñado una nueva letrilla de una canción. ¿Quieres que te la cante? ¿Sí?
Apurtu, torciendo su cabeza, con sus negros ojos mira a la niña como si la entendiera y la pequeña, deduciendo que ese gesto es un sí por parte del animal, comienza, sin más, a canturrear la cantinela:
-“Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera, me da leche condensada, casi toda la semana, tilín, tilín, tilín, tolón. ¡Ay! Que me duele un dedo tilín. ¡Ay! Que me duelen dos tolón. ¡Ay! Que me duele el alma tilín, el alma y el corazón tilín, tolón”
La pequeña, cogiendo la cabeza del animal entre sus manitas, modulando la voz como final de su canción, le dice cariñosamente a la perra: Colita de ratón…